lunes, 4 de mayo de 2026

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Si, necesitamos el glifosato, pero no lo queremos en nuestra mesa. Michael Mansilla


04.05.2026

La lucha contra el glifosato no tiene por qué ser una batalla de todo o nada. Pero en este momento de múltiples conflictos bélicos, cambio climático, el encarecimiento y escases fertilizantes, la FAO nos dice que la agricultura, especialmente cereales, a nivel mundial se paralizaría si el glifosato desapareciera mañana.

La lucha contra el glifosato no tiene por qué ser una batalla de todo o nada. En este momento, así es precisamente como se plantea el debate. Por un lado, se nos dice que la agricultura a nivel mundial se paralizaría si el glifosato desapareciera mañana. Incluso se ha elevado a la categoría de cuestión de seguridad alimentaria. Pero no lo dice cualquiera, lo dice la FAO. Por otro lado la sociedad, se siente cada vez más incómoda, con la cantidad de químicos presentes en sus alimentos y desean que estos insumos desaparezcan por completo. Mientras tanto, las empresas químicas buscan activamente protección legal de parte de los países donde la sustancia es utilizada, El complejo agroquímico a perdido control absoluto y se ve jaqueado por miles de demandas.

El movimiento de las llamadas "mamás MAHA" (Make America Healthy Again), tiene mucho que plantear. Entre sus principales preocupaciones estaba el herbicida de uso común glifosato, así como los llamados a reducir su uso y evaluar su seguridad.

En este mayo, la Corte Suprema de EE. UU. escuchará argumentos en un caso que podría definir una larga disputa sobre si uno de los herbicidas más utilizados en el país es seguro, un tema que se considera una prueba del poder real del movimiento Make America Healthy Again en Washington.

La demanda contra Bayer, fabricante de Roundup -nombre comercial del glifosato-, determinará si las personas pueden seguir demandando a la compañía por enfermedades presuntamente causadas por su producto.

Bayer enfrenta más de 170.000 demandas en EE. UU. (a marzo 2026) por supuestos efectos cancerígenos del glifosato (herbicida Roundup) adquirido con Monsanto, habiendo resuelto unas 114.000 y acumulando costos superiores a los 10.000 millones de dólares. Las demandas alegan principalmente linfoma de Hodgkin, con fallos mixtos que incluyen sentencias multimillonarias y victorias de la empresa.

Bayer busca que la Corte Suprema de EE. UU. finalice los litigios tras años de batallas legales. Aunque ha ganado casos recientes, la empresa sigue enfrentando nuevas demandas y sentencias, los demandantes, que incluyen trabajadores agrícolas y jardineros, sostienen que la empresa conocía los riesgos de cáncer y ocultó información. Además de EE. UU., se han presentado casos en otros países, como Francia y una demanda colectiva rechazada en Chile. La Agencia Internacional de Investigaciones sobre el Cáncer (IARC) de la OMS clasificó el glifosato como "probablemente carcinógeno" en 2015.

Postura de Bayer mantiene que el producto es seguro, basándose en regulaciones como las de la EPA (Agencia de Protección Ambiental de EE. UU.), que consideran que no es probable que sea cancerígeno. A pesar de los acuerdos, Bayer ha sufrido pérdidas millonarias y sus acciones han sido afectadas por la incertidumbre de los juicios, que siguen siendo un desafío significativo para la multinacional. Bayer ha gastado más de 10.000 millones de dólares en resolver litigios relacionados con Roundup desde que adquirió a su fabricante, el grupo estadounidense Monsanto, en 2018.

 La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) de la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que el glifosato es probablemente cancerígeno para los humanos. Bayer alega que el herbicida es seguro, basado en estudios científicos y las autorizaciones de agencias reguladoras.

La máxima Corte de Estados Unidos aceptó revisar la apelación de Bayer contra un fallo de un jurado de Misuri que otorgó 1,25 millones de dólares a un hombre, John Durnell, quien afirmó que Roundup fue responsable de su cáncer, uno de los miles de juicios contra la empresa por la "falta de advertencias" en el producto.

Bayer sostiene que debería estar protegida de las demandas estatales, ya que la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés) aprobó la venta de Roundup a consumidores y agricultores sin ningún tipo de advertencia.

Bayer se defiende.

La defensa de Bayer se sustenta en que el glifosato es indicado como herbicida de jardín, pero su polivalencia en la agricultura hace que se le de usos variados. Además, el glifosato original viene con la advertencia de que si es un producto toxico, contiene indicaciones mascarillas y traje de protección para su aplicación. Para Bayer el glifosato es un producto para jardinería. La cuestión es que Bayer vende los principios activos del glifosato a terceras empresas lo mezclan con otros químicos y lo comercializan como un producto para la agricultura intensiva.  ¿Bueno entonces cual parte de la culpabilidad de Bayer? ¿Bayer desconocía esta situación?

La mayoría de la gente no se da cuenta de que el glifosato tiene dos usos muy diferentes en la agricultura.

El primer uso es el que todos reconocen. Un agricultor lo rocía para eliminar las malas hierbas. Se puede aplicar antes de la siembra, en campos con semillas resistentes a herbicidas, en los pasillos de los huertos, a lo largo de las cercas o alrededor de los invernaderos. Este es el uso tradicional para el control de malezas que la mayoría de la gente imagina al pensar en Roundup.

El segundo uso es mucho más preocupante. En cultivos de cereales como el trigo, la avena, la cebada y el centeno, el glifosato se utiliza a menudo como desecante previo a la cosecha. Se rocía directamente sobre el cultivo poco antes de la recolección para secarlo de manera uniforme y permitir a los agricultores cosechar según un calendario predecible, en lugar de depender de las condiciones climáticas y los niveles de humedad natural. Esta misma práctica se utiliza en legumbres como los garbanzos, soja y las lentejas, que suelen presentar algunos de los niveles de residuos más altos precisamente porque el producto químico se aplica muy cerca de la cosecha.

Anteriormente, se usaban secadores de aire caliente, especialmente usando gas natural o GNC, pero esto enfrentaba un alto costo y escases en el uso del combustible.

Glifosato en la carne.

La cría intensiva de carne aviar, porcina y en la última etapa de engorde del ganado bovino, se realizan con estos cereales. El glifosato da positivo en la proteína animal. Las consecuencias, la carne bovina del "Uruguay Natural", es rechazada por China (como la 3ra vez que sepa yo) por rastros de glifosato, siempre achaca a un "error humano", que funciona como un bucle. Hasta que la República Popular China nos vete totalmente la entrada de carne uruguaya a su mercado.

 Esa distinción es importante.

Antes de que esta práctica se generalizara, el momento de la cosecha dependía de la humedad, la temperatura y el contenido de agua. Los agricultores cosechaban en un periodo óptimo para evitar que los alimentos se estropearan. La desecación previa a la cosecha cambió esto, creando un sistema que depende menos de la naturaleza y más de la química. Al hacerlo, introdujo una vía mucho más directa de exposición a sustancias químicas en la cadena alimentaria. Pero la cosecha está garantizada.

 Aquí es donde se podría trazar una línea política significativa.

El paso más sencillo, pero el importante para mejorar la salud pública sin desestabilizar todo el sistema alimentario, podría poner fin al uso de glifosato como desecante previo a la cosecha en cultivos alimentarios. Podría distinguir entre el control de malezas y la aplicación directa de un herbicida en los cultivos pocos días antes de la cosecha. Esa sería una política clara y comprensible. Además, estaría en consonancia con el sentido común. Pero el sentido común no siempre funciona.

La agricultura, orgánica, bajo plástico, realmente solo funciona bajo invernadero, bajo continuo seguimiento y siempre hay una excepción ante la infestación de plagas, hongos. La agricultura orgánica no es barata y su producción no garantiza la seguridad alimentaria a nivel mundial. El cacao libre de químicos representa menos del 1% del total mundial.

Un caso paradigmático es el de la Republica de Sri Lanka (antiguo Ceylán) en  escaso de fondos para comprar fertilizantes y otros productos para la agricultura, en 2023, aposto a la "agricultura verde". Perdió el 70% de sus cosechas y fue necesario que India, su vecino más próximo proveyera de alimentos.

La historia del glifosato hace que esto sea aún más sorprendente.

El glifosato se sintetizó por primera vez en 1950 durante una investigación farmacéutica. Posteriormente, se patentó como agente quelante, lo que significa que se une a los minerales, y se utilizó para limpiar sistemas y tuberías industriales. Sus propiedades herbicidas se descubrieron en 1970 y poco después se comercializó como Roundup. Con el tiempo, se desarrollaron patentes adicionales que describían propiedades antimicrobianas relacionadas con su mecanismo de acción. En otras palabras, este producto químico se ha utilizado en múltiples industrias y aplicaciones a lo largo del tiempo. No se desarrolló originalmente como una necesidad agrícola, y su función se ha extendido mucho más allá del simple control de malezas. Y ahora, se está rociando directamente sobre los cultivos alimentarios poco antes de la cosecha.

Existe otra inconsistencia que merece atención. Los niveles permitidos de residuos de glifosato son significativamente más altos en los cereales que en muchas frutas y verduras. Esta diferencia puede deberse a la forma en que se utiliza el producto químico, pero para la persona promedio, plantea una pregunta obvia: ¿Por qué debería ser más aceptable en una categoría de alimentos que en otra? Al fin y al cabo, todo termina en el cuerpo humano.

 Aquí es donde falla el planteamiento de todo o nada.

Se nos dice con frecuencia que cualquier desafío al glifosato representa una amenaza para todo el sistema agrícola. Pero existe una diferencia significativa entre replantear las estrategias de control de malezas en millones de hectáreas y simplemente decidir que no deberíamos rociar este químico directamente sobre los cultivos alimentarios justo antes de la cosecha.

Acabar con la desecación previa a la cosecha no acabaría con la agricultura moderna. No eliminaría de la noche a la mañana todos los usos del glifosato.

Pero eliminaría una de las vías de exposición más directas en nuestro sistema alimentario.

Existen alternativas emergentes, desde el control robótico de malezas hasta sistemas biológicos que trabajan en armonía con la naturaleza en lugar de en su contra. Pero un cambio significativo rara vez ocurre de la noche a la mañana. Requiere pasos. Este es un primer paso obvio.

El argumento de que el glifosato no afecta al cuerpo humano se basa principalmente en la idea de que los humanos no poseen la vía biológica específica a la que se dirige en las plantas. Sin embargo, la microbiología de nuestro intestino sí depende de esa vía. El ecosistema interno que sustenta la digestión, la inmunidad y la salud en general podría no estar tan libre de efectos como creíamos.

Como mínimo, esa incertidumbre debería generar cautela, no complacencia.

No nos vemos obligados a elegir entre mantener nuestro sistema alimentario y proteger la salud humana. Nos enfrentamos a la decisión de si estamos dispuestos a establecer límites razonables. Eliminar el uso de glifosato como agente desecante previo a la cosecha en cereales como el trigo, la avena y la cebada, así como en legumbres como los garbanzos, la soja, el maní y las lentejas, no resolvería el problema por completo. Pero supondría un cambio significativo. Reduciría la exposición directa a productos químicos en la cadena alimentaria. Restablecería cierto equilibrio entre eficiencia y responsabilidad. Y demostraría que somos capaces de tomar decisiones con criterio en lugar de recurrir a medidas extremas.

 

Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias

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    domingo, 12 de abril de 2026

    El lado oscuro y rico de la luna. Michael Mansilla

     05.04.2026

    La Luna y el espacio que la rodea se han convertido en un escenario para las rivalidades geopolíticas de la Tierra, donde las naciones compiten por ventajas estratégicas, avances científicos y recursos potenciales.



    La búsqueda de territorio, influencia y recursos trasciende cada vez más los límites de la Tierra, alcanzando las misteriosas regiones del lado oculto de la Luna y el espacio cislunar, la zona que se extiende desde la Tierra hasta la superficie lunar. Los secretos que estas regiones encierran y los recursos lunares que prometen, han convertido a la Luna en el centro de la competencia espacial, tanto por motivos científicos como militares, comerciales y geopolíticos.

    A medida que los recientes avances tecnológicos impulsan la exploración lunar, varios países y empresas privadas buscan establecerse en la Luna y en el espacio cislunar o el "lado oscuro de la luna". Esto plantea interrogantes urgentes, a menudo incómodos, sobre el futuro:

    ¿Qué ocurriría si se descubrieran valiosos recursos lunares y una nueva fiebre del oro se apoderará tanto de países como de corporaciones? Y, sobre todo, ¿cómo podemos garantizar la exploración pacífica y sostenible del espacio exterior y evitar que se convierta en otro escenario de conflicto humano?

    Durante la Guerra Fría, el espacio se utilizó como campo de batalla indirecto para la dominación geopolítica. Cuando Estados Unidos lanzó el programa Apolo en 1961, la misión de llevar astronautas a la Luna tenía como objetivo demostrar la superioridad tecnológica del país. En la década de 1980, el espacio se convirtió en un componente cada vez más importante del poder militar, y las fuerzas armadas estadounidenses adoptaron tecnologías espaciales como la navegación y la teledetección para obtener beneficios de doble uso. Los recortes presupuestarios tras la Guerra Fría llevaron a Estados Unidos a impulsar el sector privado, y las capacidades del espacio ultraterrestre se han convertido en una nueva frontera de potencial económico. Según un nuevo informe publicado por el Foro Económico Mundial, se espera que la economía espacial alcance los 1,8 billones de dólares para 2035 a medida que avancen las tecnologías espaciales. Existe una creciente conciencia en los círculos políticos de que la economía espacial no solo podría abrir oportunidades comerciales, sino que también promete ayudar a abordar algunos de los mayores desafíos del mundo, como el cambio climático.

    El interés por el espacio cislunar y la colonización lunar está creciendo exponencialmente en todo el mundo, impulsado en gran medida por el deseo de aprovechar los recursos potenciales de la Luna. Las sondas lunares han confirmado que la Luna contiene muchos minerales comunes, como basalto, hierro, cuarzo, silicio (necesario para microchips), manganeso (utilizado en baterías) y titanio (un componente importante de los misiles). También existe una alta probabilidad de que la Luna posea depósitos explotables de litio, cloro, berilio, uranio y torio. Las posibles ventajas estratégicas de la exploración lunar, ya sea para la monitorización y comunicación desde la Tierra o para la exploración espacial a largo plazo, son significativas.

    Estados Unidos y China son los principales competidores en la carrera espacial moderna, pero más de 20 países tienen ambiciosos planes para la exploración lunar, entre ellos Japón, India y Rusia. El programa Artemis de la NASA tiene como objetivo llevar de nuevo a los humanos a la Luna en 2025, el primer alunizaje tripulado en más de 50 años. Además de impulsar el conocimiento científico, el objetivo es proporcionar beneficios prácticos para el sector comercial y las fuerzas armadas, al tiempo que refuerza el liderazgo global de Estados Unidos. Empresas como SpaceX y Blue Origin son proveedores clave de tecnología para el programa Artemis. Mientras tanto, el Laboratorio de Investigación de la Fuerza Aérea patrocina un satélite experimental llamado Oracle, diseñado para monitorear el espacio cislunar.

    El dominio estadounidense en el espacio se ve cada vez más desafiado por los avances de China en la exploración lunar. En un logro histórico, la sonda china Chang'e-4 se convirtió en la primera nave espacial en aterrizar con éxito en la cara oculta de la Luna. Entre los planes futuros se incluye la colaboración con Rusia en el desarrollo de la Estación Internacional de Investigación Lunar. Suecia, Francia, Italia y otros países se han comprometido a participar en la próxima misión lunar china. Algunos funcionarios estadounidenses han expresado su preocupación de que los objetivos de China puedan implicar la obtención de recursos lunares críticos y territorios estratégicos en la Luna con fines militares. Si bien Pekín niega rotundamente estas afirmaciones, reconoce y enfatiza la importancia económica del poder espacial, al igual que Estados Unidos. India, recientemente, a través de sus misiones Chandrayaan, se ha consolidado como una fuerza emergente en la exploración espacial al lograr el primer alunizaje en la región del Polo Sur de la Luna. Rusia, con su larga trayectoria en la exploración lunar, también sigue siendo un actor importante en la configuración de la política lunar.

    Mientras diversas naciones compiten por establecerse en la Luna y el espacio cislunar, numerosas empresas emergentes y compañías aeroespaciales consolidadas, como la japonesa iSpace y la estadounidense Astrobotic, lideran la comercialización de la exploración lunar. Estas empresas impulsan avances en la tecnología de minería espacial, lo que podría beneficiar tanto a los viajes espaciales como a aplicaciones terrestres. La Luna se ha convertido, por lo tanto, en un punto clave no solo para las ambiciones geopolíticas, sino también para las comerciales. En consecuencia, los expertos sugieren que la actual carrera espacial es más trascendental que la anterior, ya que lo que está en juego incluye no solo el prestigio, sino también los vastos recursos lunares.

    Las distintas zonas de la Luna ofrecen diversas ventajas para la comunicación, la energía solar y el acceso a los recursos lunares. El Polo Sur lunar destaca como un lugar especialmente ventajoso, debido a su constante luz solar y a los depósitos de hielo de agua. A pesar de las condiciones extremas, esta región lunar ofrece oportunidades únicas para descubrimientos en el espacio profundo que podrían ampliar nuestra comprensión del universo y permitir nuevas exploraciones del sistema solar. La superficie del Polo Sur está plagada de cráteres cubiertos de hielo antiguo, que podría proporcionar a los científicos un registro de los volcanes lunares y el origen de los océanos, entre otras cosas. Si se encuentra en cantidades suficientes, el hielo podría utilizarse para beber, refrigerar equipos y producir hidrógeno para combustible y oxígeno. Por lo tanto, las agencias espaciales y las empresas privadas consideran la exploración del Polo Sur lunar como clave para la futura exploración de la Luna, la minería lunar y las posibles misiones a Marte.

    India fue el primer país en aterrizar con éxito en el Polo Sur de la Luna. La NASA también aspira a explorar esta región mediante su programa Artemis. La misión Artemis I desplegará dos CubeSats para buscar recursos lunares y un Rover VIPER, especializado en la búsqueda de agua, para el mapeo de recursos. Más allá de los robots, la exploración humana de esta zona inexplorada de la Luna promete importantes descubrimientos científicos, que podrían revolucionar la exploración del espacio profundo y permitir la extracción de recursos lunares. Esto último podría reducir la necesidad de transportar suministros como oxígeno e hidrógeno desde la Tierra. Según Lockheed Martin,la Luna podría convertirse en un centro neurálgico para las naves espaciales que viajan entre la Tierra y Marte.

    Otra zona estratégicamente importante de la Luna es la cara oculta que permanece invisible desde la Tierra. Esta región inexplorada alberga información crucial sobre la historia temprana de nuestro sistema solar. China es el único país que ha logrado aterrizar con éxito en la cara oculta de la Luna, lo que representa un logro histórico en su carrera espacial con Estados Unidos. De tener éxito, la misión china podría ayudar a responder preguntas fundamentales sobre la formación y evolución de la Luna y arrojar luz sobre la historia de todo el sistema solar. Además, esta misión será pionera en experimentos para determinar si las plantas pueden crecer en la Luna y llevará a cabo los primeros experimentos de radioastronomía desde la cara oculta lunar.

    Protegida del ruido radioeléctrico terrestre, la cara oculta de la Luna es ideal para la radioastronomía en la banda de baja frecuencia, que no se puede realizar desde nuestro planeta debido a diversas interferencias radioeléctricas y otros factores. La misión china Chang'e-4, equipada con el espectrómetro de baja frecuencia (LFS) y el satélite Queqiao, tiene como objetivo estudiar el entorno espacial y los fenómenos cósmicos desde la perspectiva protegida de la cara oculta. Sus hallazgos podrían ampliar enormemente nuestra comprensión del universo.

    Existe un creciente reconocimiento de que el acceso y el control del espacio cislunar son fundamentales para mantener el dominio espacial y la seguridad nacional. El establecimiento de infraestructuras en la zona cislunar ofrece importantes oportunidades militares, comerciales y científicas. El espacio cislunar es crucial para diversas actividades, como el posicionamiento y las comunicaciones por satélite, y las estaciones espaciales que pueden servir como puntos de referencia para misiones en el espacio profundo y brindar apoyo a las operaciones humanas y robóticas en la Luna. La Fuerza Espacial de EE. UU. se centra en el desarrollo de sensores de vigilancia espacial cislunar, comunicaciones de alto ancho de banda y sistemas de navegación. Otras naciones, en particular China, también buscan desarrollar capacidades en el espacio cislunar. Los planes chinos para una infraestructura integral en esta región incluyen sistemas de comunicación de datos, posicionamiento, navegación y sincronización (PNT), así como servicios de conocimiento de la situación espacial. Entidades del sector privado también están interesadas en el espacio entre la Tierra y nuestro vecino celestial, y la región está a punto de convertirse en una frontera disputada y altamente estratégica.

    A medida que más países y actores privados compiten por los recursos lunares, podrían surgir conflictos debido a la superposición de reivindicaciones. Preocupa especialmente la posible militarización de la Luna. El despliegue de activos militares en la Luna o en el espacio cislunar podría provocar sospechas y un aumento de la actividad militar de otras naciones. Un enfrentamiento militar en el espacio (ya sea intencional o accidental) es cada vez más probable a medida que aumenta el tráfico espacial: alrededor de 100 estados tienen presencia en el espacio, además de organizaciones no gubernamentales y empresas. El peligro de que un satélite se salga de su órbita provocando un incidente internacional hostil y una escalada de tensiones nunca ha sido mayor. Un conflicto armado en el espacio ultraterrestre podría devastar la infraestructura civil, ya que esta es crucial para los sistemas de comunicación, navegación y transferencia de datos que dan soporte tanto a las operaciones terrestres como espaciales. También dependemos de los satélites para garantizar la seguridad humana en áreas como la mitigación de desastres naturales o la mejora de la seguridad del transporte. A medida que aumenta el número de activos en el espacio cislunar, también lo hace su vulnerabilidad a las ciber amenazas, los ataques cinéticos y no cinéticos, las amenazas de pulso electromagnético (EMP), el pirateo informático, las interferencias y la suplantación de identidad. Para salvaguardar la integridad y la funcionalidad de los activos espaciales críticos, es imperativo implementar medidas de ciberseguridad avanzadas y lo suficientemente robustas como para prevenir interrupciones.

    Estamos presenciando una difuminación de las fronteras entre lo lunar y lo terrestre. El impacto de las actividades lunares en la geopolítica terrestre -y viceversa- es profundo. Los avances en tecnología espacial suelen dar lugar a innovaciones con aplicaciones terrestres, que afectan a las industrias y las economías; la economía globalizada en su conjunto depende cada vez más de las transmisiones satelitales. Si la extracción de elementos raros de la Luna se vuelve factible, el control de estos recursos lunares tendrá un impacto significativo en los mercados y las economías terrestres.

    La ausencia de leyes internacionales actualizadas que regulen las actividades lunares refleja y, a la vez, exacerba las tensiones geopolíticas terrestres. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 declaró que la exploración del espacio ultraterrestre debía beneficiar a todos los países y prohibió a las naciones reclamar soberanía sobre el territorio lunar. La actividad espacial ha evolucionado significativamente desde entonces, mientras que la mayoría de los instrumentos internacionales que la rigen siguen anclados en la Guerra Fría. En un intento por subsanar esta laguna regulatoria, la NASA y el Departamento de Estado de EE. UU. lanzaron los Acuerdos de Artemisa en 2020, que establecen principios para las operaciones lunares y guían a las entidades públicas y privadas en la emergente economía espacial. Entre las disposiciones clave se incluyen compromisos con la transparencia, el uso pacífico del espacio y la protección de sitios y artefactos históricos.

    Existe una creciente preocupación sobre si el Tratado del Espacio Ultraterrestre y los acuerdos más recientes son lo suficientemente sólidos como para evitar que peligrosas tensiones latentes creen nuevas fronteras de conflicto en la Tierra y en el espacio. Algunos también temen que los acuerdos representen un esfuerzo unilateral de Estados Unidos para imponer su voluntad y valores a la comunidad internacional. Hasta el momento, las principales potencias espaciales del mundo no cooperan lo suficiente en materia de normas para las actividades y la extracción de recursos en el espacio ultraterrestre. Esta falta de normas y códigos de conducta establecidos está exacerbando las tensiones entre los actores clave.

    El espacio ultraterrestre presenta desafíos complejos que no pueden comprenderse ni abordarse adecuadamente mediante los marcos tradicionales. Cuestiones como la gestión de la basura espacial, las amenazas a la ciberseguridad y la gobernanza de los recursos espaciales requieren considerar no solo el espacio físico, sino también factores económicos, ambientales, tecnológicos y diplomáticos. Para garantizar la exploración pacífica y sostenible del entorno lunar, los Estados deben adoptar un cambio de paradigma: pasar de los juegos de suma cero a la cooperación y el pensamiento de suma múltiple. Esto es esencial para crear un futuro armonioso para el espacio, donde los avances colectivos superen las rivalidades individuales.

    Existe un peligro real de que lo que ocurra en el espacio sea decidido por unos pocos elegidos, en particular los gobiernos de los grandes estados con capacidad espacial y las corporaciones multinacionales con fines de lucro. Por lo tanto, la Luna debe ser considerada un «bien común global» accesible para toda la comunidad internacional. Las demandas unilaterales que pretenden limitar el acceso a la Luna a entidades específicas son injustificables. Es fundamental garantizar la libertad de paso y navegación entre la Tierra y la Luna para todos los países y empresas con capacidad para ello. Esto concuerda con los principios establecidos por el Comité de las Naciones Unidas sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos (COPUOS), que considera el espacio y los cuerpos celestes como «patrimonio común de la humanidad».

    Necesitamos un nuevo enfoque integral para comprender y abordar la geopolítica emergente del espacio ultraterrestre -un método que denomino Meta-Geopolítica- que se centre en siete capacidades estatales fundamentales: sociocultural, económica, interna, ambiental, tecnológica, militar y diplomática. Comprender estas capacidades en conjunto ayudará a los Estados a salvaguardar sus intereses nacionales, al tiempo que contribuye a un entorno espacial estable y sostenible. El liderazgo compartido implica un enfoque colaborativo para gestionar y llevar a cabo actividades en la Luna y en el espacio cislunar, donde múltiples naciones, organizaciones y partes interesadas desarrollan políticas, normas y decisiones por consenso. Esto implica distribuir roles y responsabilidades de liderazgo entre diferentes entidades. Cada participante puede liderar en áreas donde posee experiencia o recursos específicos, contribuyendo a un enfoque más equilibrado e inclusivo de la exploración lunar. Los responsables políticos podrían inspirarse en los acuerdos internacionales que ayudan a proteger la Antártida, gestionar la explotación comercial de los océanos y combatir las causas del calentamiento global. Estos acuerdos son una lección sobre el tipo de coaliciones necesarias para proteger el espacio de los peores aspectos de la humanidad.

    Hasta hace poco, la inaccesibilidad del espacio hacía que no se planteara la cuestión de si algún país o entidad lo poseía o tenía derechos exclusivos sobre la totalidad o parte de este. En cambio, por defecto, se lo consideraba patrimonio común de la humanidad, una tierra de nadie abierta a todos. Esta estrategia se está volviendo cada vez más peligrosa, ya que la falta de regulación para la explotación comercial probablemente derive en conflictos en la Tierra o en el espacio, o en ambos, especialmente si se tiene en cuenta que la historia de la humanidad es, en gran medida, una historia de competencia y conflicto.

    La protección del espacio ultraterrestre frente a amenazas naturales y antropogénicas debe ser una prioridad. Esto incluye reforzar la seguridad de las actividades lunares y espaciales mediante el establecimiento de protocolos internacionales para abordar y mitigar las posibles amenazas. Los desechos espaciales, la gestión del tráfico espacial, las operaciones de encuentro y proximidad (RPO) y la creciente militarización representan desafíos fronterizos colectivos que deben abordarse de forma colaborativa. La naturaleza colectiva de los desafíos de seguridad, desde accidentes involuntarios en órbita hasta actividades maliciosas en el espacio ultraterrestre, subraya la necesidad de esfuerzos conjuntos para el beneficio a largo plazo de la humanidad en su conjunto. En este contexto, las potencias medianas y pequeñas tienen la oportunidad de desempeñar un papel crucial. Por ejemplo, la Agencia Espacial Europea ha impulsado la Carta Cero Desechos, cuyo objetivo es abordar los desafíos que plantean el tráfico espacial y los desechos. Desarrollar estas iniciativas será fundamental para garantizar el uso sostenible y pacífico de nuestro entorno celeste. Es importante recordar que, si el espacio ultraterrestre se vuelve críticamente inseguro, no será de forma selectiva, sino que lo será para todos los Estados y empresas privadas, sin excepción.

    La importancia geopolítica de la Luna ha evolucionado continuamente en las últimas décadas. Lo que comenzó como una competencia bipolar entre la Unión Soviética y Estados Unidos en la década de 1950 se ha expandido hasta convertirse en un complejo escenario que involucra a múltiples actores que compiten por tener presencia en la Luna y en el espacio cislunar, incluyendo naciones con capacidad espacial consolidada, potencias espaciales emergentes y empresas privadas. El Polo Sur, la Cara Oculta y el espacio cislunar de la Luna destacan como regiones en disputa en una batalla por los recursos y el poder lunares.

    Reconocer la Luna como un bien común global y fomentar la cooperación son medios para garantizar la exploración pacífica tanto de la superficie lunar como del espacio cislunar. Al adoptar estrategias que equilibren los diversos intereses nacionales con los imperativos de la seguridad espacial y la sostenibilidad para todos, podemos transformar lo que podría ser un campo de batalla extraterrestre en una plataforma para descubrimientos científicos sin precedentes y oportunidades económicas. La Luna, otrora símbolo de la rivalidad de la Guerra Fría, podría convertirse en un catalizador para el progreso colectivo de la humanidad en la Tierra y más allá.

      



     

     

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