Mostrando entradas con la etiqueta Dolar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dolar. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de junio de 2026

 Inicio | Columnistas

"El Donald" de 250 quiere superar a "el Franklin" de cara grande. Michael Mansillla.




18.06.2026

El billete de 250 de Trump podría ser un regalo para la clase criminal y los evasores fiscales. Esta es una razón por la que no hay que dejar que Trump ponga su cara en los billetes estadounidenses. Pero otros no ven peligro alguno en un billete de alta denominación. El dinero físico ha sido sustituido por las transacciones electrónicas y las criptomonedas.

El presidente Donald Trump quiere trascender su mandato, pasar a los libros de historia o, mejor dicho, poner su cara por encima de uno de los padres fundadores de la Unión Americana, Benjamín Franklin. Trump quiere convertir el 250 aniversario de la nación en una celebración a su persona. La manifestación más reciente es la determinación de Trump de conmemorar los 250 años de la declaración de independencia emitiendo un billete conmemorativo de 250 dólares decorado con un grabado de sí mismo.

El gobierno ha estado presionando a la Oficina de Grabado e Impresión para que produzca el billete de 250 dólares. Después de que la directora de la imprenta, Patty Solimene, señalara con descortesía que es ilegal imprimir el rostro de una persona viva en la moneda estadounidense, fue reasignada en contra de su voluntad a otro puesto en el Tesoro.

Es difícil ignorar el carácter autocrático de un billete con la imagen de Trump. Esto guarda relación con el hecho de que Trump haya colocado su rostro en pancartas colgadas frente a tres sedes del Gabinete en Washington. Un billete de 250 dólares con la imagen de Trump también es coherente en su fantasioso universo, pero resulta ilegal y sin precedentes en este país. Se excusa en los billetes de las monarquías, como la británica, que lleva el perfil del rey Carlos III en la libra esterlina, o la corona sueca con la imagen del rey Harald. Más bien, con su "estilo de gobernar", imita regímenes autocráticos represivos anteriores en el extranjero, como los de Mobutu Sese Seko en Zaire, Mugabe en Zimbabue, Idi Amin Dada en Uganda y Ferdinand Marcos en Filipinas.

No hay mucho más que decir sobre la ilegalidad y la patología del intento de Trump de estampar su imagen en la moneda estadounidense. Sin embargo, conviene considerar otro aspecto que hasta ahora ha pasado desapercibido: la denominación que Trump intenta crear sería ideal para delincuentes.

La inconveniencia práctica de imprimir billetes de alta denominación es un tema recurrente. Se ha escrito sobre ello y se han presentado proyectos. Durante buena parte del siglo XX se intentó abolir el billete de 100 dólares.

El argumento es que prácticamente el único sector que realmente necesita billetes de alta denominación son los delincuentes y, sin embargo, Estados Unidos persiste obstinadamente en imprimir billetes de 100 dólares. De hecho, se imprimen más billetes de 100 dólares que de cualquier otra denominación en el mundo: 1.300 millones de billetes en 2023, el año más reciente para el que se

dispone de datos. Eso es más de cinco veces la cantidad de billetes de 20 dólares impresos ese año.

Pero una buena porción de esos billetes físicos no está guardada en los bancos estadounidenses ni en la billetera del comprador. Los billetes con la cara de Benjamín Franklin se encuentran circulando entre las redes criminales fuera y dentro de la Unión. Además, muchos países los tienen como moneda oficial: Timor-Leste, Palau, Micronesia, Islas Marshall, Panamá y Ecuador. También es la "moneda no oficial" de países donde la hiperinflación hace imposible mantener una moneda propia, como Zimbabue, Venezuela y Cuba. En los países latinoamericanos y caribeños, el dólar es la "moneda no oficial". Se cotiza en dólares, se comercia en dólares y se ahorra en dólares. Vivimos pensando en dólares. Debajo del colchón los guardamos. Las monedas locales, siempre sujetas al problema inflacionario, no son la mejor opción. Aunque los economistas advierten que ahorrar en dólares actualmente es una mala opción.

En la década de 1980, la política del presidente Ronald Reagan para incentivar el consumo interno fue el uso de las tarjetas de crédito, mal llamadas "dinero plástico". Más bien era "endeudamiento sin topes". Una economía "artificial" basada en la promesa de pago de un dinero que no existía, pero era aceptado por todos. El auge de la tarjeta se expandió por el mundo, así como sus defectos.

Cada día aumenta el número de personas que utilizan su smartphone y tarjetas con microchip para la casi totalidad de su manejo financiero, vinculado a una cuenta bancaria. Incluso el banco ya no existe totalmente en forma física: la banca es virtual. Pero los cajeros automáticos no han desaparecido y el manejo del billete físico garantiza privacidad y anonimato. Antes de que Estados Unidos se convirtiera en una sociedad con poco efectivo, se imprimían más billetes de 20 dólares que de 100 dólares, probablemente porque era lo que los cajeros automáticos solían dispensar. Pero el cajero automático ha sido acompañado por la inflación y hoy los billetes más demandados son los de 100 dólares, que circulan con mayor frecuencia que antes.

 Si observamos la cantidad de dólares estadounidenses en circulación -billetes impresos no solo en un año, sino en cualquier año-, la alarmante prevalencia de billetes de alta denominación resulta aún más impactante. Una mayor proporción del total de billetes en circulación corresponde a los de 100 dólares (19.900 millones) que, a cualquier otra denominación, incluidos los billetes de un dólar (15.200 millones). El 35 % de todos los billetes en circulación son de 100 dólares.

Se calcula que más de un tercio de todo el papel moneda estadounidense es utilizado por delincuentes y evasores de impuestos. Si asumiéramos que esta actividad delictiva se distribuyera proporcionalmente entre todos los billetes en circulación, entonces el 10 % de los billetes de cien dólares serían utilizados por delincuentes y evasores de impuestos. Pero, por supuesto, la actividad delictiva no se distribuye proporcionalmente entre todos los billetes. Se concentra en el billete de mayor denominación, el de cien dólares. Por lo tanto, es razonable extrapolar que la proporción de billetes de cien dólares utilizados por delincuentes y evasores de impuestos supera con creces el 50 %.

Ahora Trump quiere crear un nuevo billete de 250 dólares que llamaremos "el Donald". Si el "Benjamín" es una moneda para criminales, un simple cálculo nos dice que el Donald lo es dos veces y media más. Tras la publicación del artículo en el Post, el Departamento del Tesoro declaró que su plan dependía, por supuesto, de la aprobación por parte del Congreso de un proyecto de ley que el representante republicano Joe Wilson, de Carolina del Sur, presentó de forma muy aduladora en febrero de 2025. Según el proyecto de ley y el Departamento del Tesoro, el Donald sería un «billete conmemorativo». Pero el proyecto de ley de Wilson no especifica cuántos de estos billetes imprimiría el Tesoro y no hay ninguna costumbre que seguir, ya que hasta ahora el gobierno federal no ha emitido billetes conmemorativos. Ha emitido monedas conmemorativas, añadiendo al valor nominal un recargo proporcional a la denominación, de modo que una moneda conmemorativa de medio dólar, por ejemplo, podría venderse por 5,50 dólares; una moneda conmemorativa de 1 dólar, por 11 dólares; y una moneda conmemorativa de 5 dólares, por 40 dólares. Cuando son monedas conmemorativas en oro y plata, esto se multiplica.

Si el Tesoro de Trump siguiera esa fórmula, un billete conmemorativo de 250 dólares se vendería por unos 750 dólares y habría muy pocos compradores, incluso entre los delincuentes. Nadie cree que el presidente permita que su preciado Donald se convierta en una pieza de colección desconocida. Es de suponer que Trump evitará los recargos y los límites numéricos e imprimirá un número máximo de billetes Donald, porque el objetivo es difundir su cara por todas partes. Los delincuentes tendrían mucho uso para el Donald.

Sí, se necesita un billete de más de 100 dólares.

"Hace 10 o 20 años se llenaba el carro de la compra con 100 dólares". Hoy el mínimo es de unos 300 dólares, comprando alimentos ultra procesados de baja calidad. Si se quiere algo más orgánico, incluidos vegetales libres de químicos agrícolas o con certificación de precio justo, esto se va por las nubes.

 Sí, se necesitarían billetes de más de 100 dólares si las compras fuesen en efectivo. No se han emitido porque la banca, como mencionamos, se ha vuelto virtual. Pero en Estados Unidos es muy común la contratación por jornales laborales y la compraventa de artículos al contado. También se necesita la privacidad. Si, por ejemplo, a un ciudadano americano se le antoja comprarse una botella de vodka día por medio, su alcoholismo no es asunto de los bancos, las tarjetas de crédito o del gobierno. Los estadounidenses valoran mucho su privacidad, aunque el idiota que compró la botella de vodka al contado aparezca en Instagram... borracho, y lo despiden de su trabajo como chofer de ómnibus escolares.

 ¿Podría esa perspectiva disuadir al presidente?

Por supuesto que no. Trump ya está muy involucrado con las criptomonedas, otro vehículo predilecto para la actividad delictiva, y está indultando a ciberdelincuentes y otros infractores de cuello blanco a diestra y siniestra. La conveniencia de un billete de 250 dólares para el mundo del hampa no es un error en la celebración del 250 aniversario de su nación; es una característica. Se podría intentar en 2076. Aunque algunos futurólogos prevén que el concepto de dinero podría ya no existir.

El ocaso del billete de 500 euros: cuando el dinero de alta denominación se convirtió en una preocupación para Europa

Durante años, el billete de 500 euros fue uno de los símbolos más llamativos de la moneda única europea. Con un valor superior al de la mayoría de los billetes en circulación en el mundo occidental, representaba comodidad para algunos sectores económicos y una forma eficiente de almacenar grandes cantidades de dinero. Sin embargo, para las fuerzas de seguridad y los organismos encargados de combatir el crimen financiero, el denominado "billete púrpura" terminó convirtiéndose en un problema de dimensiones continentales.

La decisión del Banco Central Europeo (BCE) de cesar la emisión del billete de 500 euros en 2019 no respondió a problemas de diseño ni a una caída de la demanda por parte de los consumidores. La medida estuvo vinculada principalmente a las crecientes preocupaciones sobre su utilización por redes criminales dedicadas al narcotráfico, el lavado de dinero, la evasión fiscal y otras actividades ilícitas.

Un billete excepcional.

Cuando el euro entró en circulación en 2002, el billete de 500 euros se convirtió en una de las denominaciones más altas disponibles entre las principales economías desarrolladas. Su valor equivalía a cientos de dólares estadounidenses o libras esterlinas, permitiendo transportar grandes cantidades de dinero en efectivo en espacios reducidos.

Precisamente esa característica fue la que despertó el interés de las organizaciones criminales.

Mientras que transportar un millón de euros en billetes de 50 requería miles de unidades y ocupaba un volumen considerable, la misma cantidad en billetes de 500 podía guardarse en un pequeño maletín. Para las redes dedicadas al tráfico de drogas, la corrupción o el contrabando, esta diferencia logística representaba una ventaja significativa.

Los investigadores financieros comenzaron a detectar que los billetes de alta denominación aparecían de manera recurrente en operaciones contra organizaciones criminales transnacionales. En numerosos casos, grandes cantidades de efectivo decomisadas durante allanamientos estaban compuestas principalmente por billetes de 500 euros.

El dinero invisible

Una de las paradojas del billete de 500 euros era que, a pesar de representar una parte importante del valor total del efectivo en circulación, muchos ciudadanos europeos nunca habían utilizado uno.

En España, donde durante años circuló una elevada cantidad de estos billetes, surgió incluso un apodo popular: "Bin Laden". La comparación hacía referencia a que todo el mundo sabía que existían, pero casi nadie los había visto.

La denominación se convirtió en un símbolo de la economía sumergida.

Diversos estudios económicos mostraban que la presencia de grandes cantidades de billetes de alta denominación no siempre coincidía con los niveles de consumo o actividad económica observables, alimentando las sospechas sobre su utilización en transacciones fuera de los circuitos financieros regulados.

La preocupación de Europol.

A medida que el crimen organizado se volvió más sofisticado y transnacional, las agencias de seguridad europeas comenzaron a prestar mayor atención al papel del efectivo en las actividades ilícitas. Aunque las transferencias electrónicas y las criptomonedas suelen acaparar la atención mediática, numerosos informes policiales han señalado que el efectivo continúa siendo una de las herramientas preferidas por las organizaciones criminales para ocultar ganancias ilegales y evitar la trazabilidad financiera.

Para Europol, el billete de 500 euros ofrecía una combinación particularmente atractiva para los delincuentes: alto valor, facilidad de transporte y anonimato.

La agencia europea respaldó públicamente la decisión del BCE de poner fin a su producción, argumentando que la medida dificultaría las operaciones de lavado de dinero y aumentaría los costos logísticos para las organizaciones criminales.

La decisión del Banco Central Europeo.

En mayo de 2016, el Banco Central Europeo anunció oficialmente que dejaría de producir el billete de 500 euros. La impresión cesó definitivamente en 2019, aunque los billetes existentes conservaron su condición de moneda de curso legal. Esto significa que los billetes de 500 euros siguen teniendo valor y pueden utilizarse o cambiarse en los bancos centrales nacionales del Eurosistema. Sin embargo, cada año son menos frecuentes debido a su retirada gradual de la circulación. El BCE sostuvo que la medida buscaba responder a las preocupaciones relacionadas con las actividades ilícitas sin afectar significativamente a los ciudadanos y empresas que utilizaban el billete de manera legítima.

¿Realmente afectó al crimen organizado?

Los expertos mantienen posiciones diversas sobre la eficacia real de la medida.

Algunos analistas consideran que la retirada del billete de 500 euros elevó los costos operativos de las redes criminales. Transportar la misma cantidad de dinero utilizando billetes de menor denominación requiere más espacio, más peso y mayores riesgos de detección.

Otros sostienen que las organizaciones delictivas simplemente adaptaron sus métodos. El uso de empresas pantalla, sistemas informales de transferencia de fondos, paraísos fiscales, activos de lujo y criptomonedas ofrece alternativas para ocultar capitales ilícitos. En consecuencia, la desaparición del billete de 500 euros no eliminó el lavado de dinero, pero sí redujo una herramienta que durante años había facilitado el movimiento físico de grandes cantidades de efectivo.

Un fenómeno global.

Europa también se replanteo la emisión de los billetes de alta denominación.

En distintas partes del mundo, economistas y organismos internacionales han debatido durante décadas la conveniencia de mantener denominaciones extremadamente elevadas. El argumento central es que estos billetes generan beneficios limitados para la economía formal, mientras que pueden facilitar actividades vinculadas a la criminalidad organizada, la evasión fiscal y la corrupción.

Estados Unidos retiró hace décadas los billetes de 500, 1.000, 5.000 y 10.000 dólares. Otros países han seguido estrategias similares o han impuesto controles más estrictos sobre las transacciones en efectivo.

Entre la privacidad financiera y la seguridad.

La desaparición del billete de 500 euros también abrió un debate más amplio sobre el futuro del dinero en efectivo.

Para algunos sectores, el efectivo representa una garantía de privacidad financiera y una protección frente a la vigilancia excesiva de las transacciones. Para otros, las limitaciones al uso de grandes cantidades de efectivo constituyen una herramienta necesaria para combatir el crimen organizado y el blanqueo de capitales.La experiencia europea demuestra que el dinero físico continúa desempeñando un papel relevante en la economía contemporánea, pero también evidencia cómo ciertas características monetarias pueden influir en las estrategias utilizadas por las redes criminales.

El billete de 500 euros no fue prohibido por ser ilegal ni por estar asociado exclusivamente a actividades delictivas. Sin embargo, su extraordinaria capacidad para concentrar valor en un espacio mínimo terminó convirtiéndolo en un objetivo prioritario para las autoridades financieras y policiales de Europa. Su retirada marcó el final de una era y reflejó una tendencia global: la creciente presión sobre los instrumentos que facilitan el movimiento anónimo de grandes cantidades de dinero en un mundo cada vez más preocupado por la transparencia financiera y la lucha contra el crimen organizado.

 

Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias

sábado, 31 de enero de 2026

Apocalipsis U$S Dólar, Uruguay incluido. Si el dólar cae de golpe: anatomía de un shock global. Michael Mansilla.

 




29.01.2026

El dólar estadounidense ha mantenido durante mucho tiempo la codiciada posición de principal moneda de reserva mundial. Esta condición le ha otorgado a Estados Unidos una influencia económica y política de alcance global. Sin embargo, a medida que evoluciona el panorama financiero internacional, crece la especulación sobre las posibles consecuencias si el dólar perdiera ese estatus o, en un escenario más extremo, sufriera una devaluación abrupta.

Hoy, esta cuestión ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción económica, sino al de los escenarios estratégicos que analizan bancos centrales, inversores y cancillerías. La posibilidad de una devaluación repentina del dólar -no gradual ni administrada, sino desordenada- aparece cada vez con mayor frecuencia en columnas, informes y debates sobre la fragilidad del orden monetario internacional.

No se trata simplemente de una moneda debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su caída brusca equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre Estados, Uruguay incluido.

Lecciones históricas: cuando las monedas imperiales caen

La historia ofrece paralelismos inquietantes. La libra esterlina, pilar del sistema financiero del siglo XIX, no colapsó de un día para otro, pero su declive tras las guerras mundiales marcó el fin de la hegemonía británica. El llamado Nixon Shock de 1971, cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro, mostró cómo una decisión monetaria puede reconfigurar el orden global.

Existen, además, numerosos ejemplos de devaluaciones severas y episodios de hiperinflación. Argentina, Venezuela o Zimbabue son casos extremos, pero también economías más desarrolladas, como Rusia o Turquía, han experimentado pérdidas abruptas de valor de sus monedas en plazos muy cortos.

Varios países han reducido parcial o totalmente el uso del dólar en su comercio internacional, aunque ninguno de peso sistémico lo ha eliminado por completo. Este proceso, conocido como desdolarización, responde a sanciones, tensiones geopolíticas, búsqueda de autonomía financiera o acuerdos regionales.

En todos los casos, la pérdida de centralidad monetaria fue tanto causa como consecuencia del declive relativo del poder político.

Dominio del comercio global

El predominio del dólar en el comercio internacional simplifica las transacciones y reduce costos. Además, promueve la liquidez en los mercados globales, facilitando el flujo transfronterizo de bienes y servicios.

Comprender la importancia de su estatus como moneda de reserva implica reconocer que no se trata simplemente de una divisa debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su condición de moneda de reserva implica que numerosos bancos centrales e instituciones internacionales mantienen grandes cantidades de dólares como parte de sus reservas. El 60% de las reservas soberanas están en dólares.

Una caída brusca del dólar equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre estados.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces llamado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

El dólar como arquitectura de poder

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras el colapso del patrón oro en 1971, el dólar dejó de ser únicamente una unidad de cuenta nacional para convertirse en el andamiaje del capitalismo global. Es la principal moneda de reserva, el medio de pago dominante en el comercio de energía y materias primas, y el activo refugio por excelencia en tiempos de crisis.

Ese estatus otorga a Estados Unidos lo que el economista Barry Eichengreen denominó el "privilegio exorbitante": la capacidad de financiar déficits persistentes, emitir deuda en su propia moneda y externalizar parte de los costos de su política económica al resto del mundo. Sin embargo, ese privilegio descansa sobre un pilar frágil: la confianza. Pero Donald Trump es el presidente menos predecible que haya tenido ese pais.

Una devaluación abrupta del dólar no sería solo un ajuste de mercado. Sería la señal de que algo esencial se ha roto.

Impacto interno: inflación, deuda y nivel de vida

Paradójicamente, una devaluación moderada del dólar podría ofrecer beneficios de corto plazo a la economía estadounidense. Las exportaciones se volverían más competitivas, el peso real de la deuda pública se reduciría y ciertos sectores industriales podrían recuperar terreno.

Sin embargo, los costos serían inmediatos y socialmente regresivos:

Inflación importada, especialmente en energía y bienes intermedios.

Pérdida de poder adquisitivo para amplias capas de la población.

Presión para subir tasas de interés con el fin de contener la fuga de capitales.

Mayor polarización social ante el encarecimiento del costo de vida.

Economistas como Kenneth Rogoff han advertido que este tipo de shock implicaría un ajuste violento del nivel de vida estadounidense, políticamente explosivo en un país ya marcado por profundas divisiones internas.

El efecto dominó global

Fuera de Estados Unidos, las consecuencias serían aún más desiguales. Una devaluación abrupta del dólar golpearía de lleno a:

Bancos centrales con grandes reservas en dólares, cuyo valor real se vería erosionado.

Países emergentes endeudados en dólares, enfrentados a crisis de balance y volatilidad financiera.

Economías altamente dolarizadas, donde la inflación se trasladaría de forma casi automática a los precios internos.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en reiteradas ocasiones que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Geopolítica de la devaluación: el fin del arma financiera

Más allá de la economía, el impacto sería profundamente geopolítico. El dominio del dólar ha permitido a Estados Unidos utilizar el sistema financiero como herramienta de poder, desde sanciones hasta bloqueos de acceso a mercados y sistemas de pago.

Una devaluación repentina aceleraría procesos ya en marcha:

Desdolarización del comercio internacional.

Acuerdos bilaterales en monedas locales.

Mayor peso del yuan, el euro y el oro como activos estratégicos.

Desarrollo de sistemas de pago alternativos al control estadounidense.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces denominado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

¿Por qué una devaluación repentina es el verdadero tabú?

Los analistas coinciden en un punto clave: Estados Unidos puede gestionar una erosión lenta del valor del dólar, pero no un colapso rápido sin consecuencias históricas. La diferencia entre ambos escenarios es política antes que económica.

Una devaluación gradual permite adaptaciones: renegociaciones comerciales, ajustes de reservas, cambios en portafolios. En cambio, una caída súbita activaría el pánico: ventas masivas de bonos del Tesoro, huida hacia otros activos refugio, y una crisis de credibilidad difícil de revertir.

Como han advertido columnistas del Financial Times y analistas del Council on Foreign Relations, el verdadero riesgo no es la pérdida de valor en sí, sino la ruptura de expectativas sobre la estabilidad del dólar como ancla del sistema.

El dólar no caerá solo por razones técnicas. Caería si el mundo deja de creer que Estados Unidos puede -o quiere- sostener el papel que su moneda desempeña. Y cuando la fe en una moneda se rompe, las consecuencias rara vez se limitan a los mercados.

En ese sentido, la pregunta no es únicamente qué pasaría si el dólar se devalúa de golpe, sino "qué tipo de mundo emergería después".

Apocalipsis Dólar en Uruguay.

Si el dólar cae de golpe: Uruguay ante el riesgo silencioso de la dolarización financiera

En Uruguay, el dólar no gobierna formalmente la economía, pero la atraviesa en silencio. No es moneda de curso legal, pero estructura el ahorro, condiciona el crédito, fija precios relevantes y define decisiones estratégicas del Estado y del sector privado. Esta dolarización financiera parcial -menos visible que la ecuatoriana, más estable que la argentina- ha sido durante décadas un pilar de previsibilidad. Sin embargo, esa misma fortaleza puede convertirse en fragilidad si el dólar estadounidense sufriera una "devaluación repentina y desordenada".

En un país que se percibe a sí mismo como una isla de estabilidad en una región volátil, el verdadero riesgo no es el caos inmediato, sino la exposición acumulada a un shock externo que no controla.

Una dolarización sin estridencias.

Uruguay construyó su reputación macroeconómica sobre la prudencia fiscal, la credibilidad institucional y un sistema financiero relativamente sólido. A diferencia de otras economías latinoamericanas, evitó hiperinflaciones recientes y defaults desordenados. Pero esa estabilidad convivió con una realidad persistente: el dólar como "reserva de valor dominante".

Depósitos bancarios, créditos hipotecarios, operaciones inmobiliarias, contratos de largo plazo y parte de la deuda pública se expresan en dólares. El peso uruguayo cumple funciones de circulación cotidiana, pero el ahorro estratégico sigue mirando al norte.

Esta estructura funciona mientras el dólar sea predecible. El problema comienza cuando deja de serlo.

Impacto en el ahorro doméstico, el sistema bancario y la confianza

En Uruguay, el ahorro en dólares no es una práctica marginal ni ideológica: es un comportamiento social transversal, profundamente arraigado tras décadas de crisis regionales. Hogares de ingresos medios y altos, empresas y fondos institucionales utilizan el dólar como refugio frente a la incertidumbre, aun cuando el sistema financiero local goza de credibilidad.

Una devaluación abrupta del dólar alteraría este equilibrio de forma silenciosa pero profunda. El impacto no se manifestaría como una corrida bancaria clásica, sino como una erosión del valor percibido del ahorro, con consecuencias psicológicas y económicas relevantes.

Los efectos más probables incluirían:

Pérdida real del ahorro dolarizado, especialmente en activos líquidos, afectando expectativas de consumo e inversión.

Reasignación defensiva de portafolios, con mayor demanda de activos reales, inmuebles o instrumentos indexados.

Cuestionamiento del rol del dólar como refugio,sin que el peso uruguayo logre ocupar plenamente ese lugar.

Para el sistema bancario -sólido, regulado y bien capitalizado- el desafío no sería la solvencia inmediata, sino la gestión de expectativas. Cambios bruscos en la preferencia por moneda pueden tensionar la intermediación financiera, alterar la estructura de depósitos y obligar a ajustes rápidos en productos y plazos.

La verdadera variable crítica sería la confianza. En economías pequeñas, la estabilidad financiera descansa menos en balances contables que en la credibilidad de que las reglas seguirán siendo previsibles. Cuando el activo de referencia pierde estabilidad, incluso los sistemas prudentes entran en terreno desconocido.

Deuda pública: alivio contable, tensión política.

Desde una perspectiva estrictamente contable, una caída del valor del dólar podría reducir el peso real de la deuda denominada en esa moneda. Pero ese alivio sería ambiguo.

Buena parte de la credibilidad uruguaya se basa en el acceso fluido a los mercados internacionales y en la confianza de inversores institucionales. Una devaluación brusca del dólar, acompañada de volatilidad global, podría:

-Encarecer el financiamiento externo.

-Aumentar las primas de riesgo para economías pequeñas. -Exigir señales fiscales más restrictivas en un contexto social sensible.

El margen de maniobra del Estado, lejos de ampliarse, podría estrecharse.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Pero incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en más de una ocasión que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Distorsiones en precios, salarios y contratos: cuando el ancla se mueve.

Aunque Uruguay no esté formalmente dolarizado, una parte significativa de los "precios relevantes" de la economía se fija en dólares o se ajusta implícitamente en función de su trayectoria. Alquileres, mercado inmobiliario, bienes durables, arrendamientos rurales, contratos de servicios de largo plazo y ciertos insumos importados responden más a la lógica del dólar que a la del peso uruguayo.

Una "devaluación abrupta del dólar" introduciría distorsiones inmediatas y conflictivas:

Ruptura de referencias de precios: contratos pactados en dólares perderían su función de ancla, generando renegociaciones forzadas y litigios potenciales.

Desalineación entre precios y costos: sectores que venden en pesos, pero estructuran costos en dólares enfrentarían márgenes erráticos, con traslados parciales e imprevisibles a precios finales.

Indexación defensiva: ante la incertidumbre, actores económicos tenderían a incorporar cláusulas de ajuste más agresivas, elevando la inercia inflacionaria.

En el plano laboral, el impacto sería particularmente sensible. Los salarios en Uruguay se negocian mayoritariamente en pesos, pero el costo de vida incluye componentes dolarizados. Una caída súbita del dólar podría:

Generar confusión en la medición del salario real, al desacoplar precios clave de los índices tradicionales. Intensificar tensiones en la negociación colectiva, con demandas de corrección ex post. Aumentar la brecha entre sectores expuestos al comercio exterior y aquellos orientados al mercado interno.

La consecuencia más profunda no sería inflacionaria en el sentido clásico, sino institucional: la pérdida de un referente estable para contratos y expectativas. En economías pequeñas y abiertas, la estabilidad depende menos de los niveles de precios que de la previsibilidad de las reglas.

La idea de que Uruguay está protegido por no usar el dólar como moneda legal se revelaría, así, como una neutralidad incompleta. Cuando la moneda de referencia se mueve de forma abrupta, incluso quienes no la emiten ni la adoptan formalmente terminan pagando el costo de la desorientación.

 

Uruguay en un mundo que se desdolariza.

Desde Montevideo, la desdolarización global suele observarse como un fenómeno lejano, impulsado por grandes potencias. Sin embargo, una crisis del dólar aceleraría debates hoy latentes:

¿Diversificar reservas hacia otras monedas o activos? ¿Fortalecer instrumentos de ahorro en pesos de largo plazo? ¿Reducir la indexación implícita al dólar en contratos clave?

Para una economía pequeña y abierta, el desafío no es liderar un nuevo orden monetario, sino "no quedar atrapada en la transición".

Lecciones desde la prudencia.

Uruguay ha hecho casi todo bien dentro de los márgenes que permite la periferia financiera. Pero la historia demuestra que incluso los países prudentes pagan los costos de los ajustes del centro. El fin de Bretton Woods, las subas de tasas de la Reserva Federal y las crisis globales recientes lo confirman.

Una devaluación repentina del dólar sería otro recordatorio de una verdad incómoda: la estabilidad nacional tiene límites cuando la moneda de referencia es externa.

Conclusión: el límite estructural de una estabilidad bien administrada

La estabilidad uruguaya no es un mito ni una casualidad: es el resultado de decisiones políticas consistentes, reglas claras y una cultura institucional que ha privilegiado la previsibilidad sobre la improvisación. Precisamente por eso, su principal límite no es interno ni inmediato, sino estructural y externo.

La dolarización financiera parcial ha sido una herramienta pragmática para gestionar riesgos en un entorno regional volátil. Mientras el dólar ofreció una referencia estable, esa estrategia permitió ordenar expectativas sin renunciar a la moneda nacional. El problema surge cuando la referencia deja de ser fiable: no por colapso, sino por cambio de régimen.

En ese escenario, Uruguay no enfrentaría un derrumbe, sino un desafío más sutil: administrar la transición sin perder coherencia institucional. Ajustar contratos, diversificar instrumentos de ahorro, recalibrar la gestión de la deuda y sostener la confianza exigiría decisiones técnicas y políticas finas, no respuestas de emergencia.

El límite de la estabilidad uruguaya, entonces, no reside en su fragilidad, sino en su dependencia de un ancla que no controla. Reconocer ese límite no implica alarmismo, sino realismo estratégico. En un sistema internacional en transformación, la prudencia seguirá siendo una ventaja -siempre que vaya acompañada de la capacidad de adaptarse cuando cambian las condiciones que la hicieron posible.

 

Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias


Inicio | Columnistas Cisma Católico FSSPX. ¿Tendremos otro Avignon y surgirá un Anti-Papa? Michael Mansilla

  Inicio | Columnistas Cisma Católico FSSPX. ¿Tendremos otro Avignon y surgirá un Anti-Papa? Michael Mansilla. a cuatro nuevos obispos desa...