Mostrando entradas con la etiqueta Uruguay. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Uruguay. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de enero de 2026

Apocalipsis U$S Dólar, Uruguay incluido. Si el dólar cae de golpe: anatomía de un shock global. Michael Mansilla.

 




29.01.2026

El dólar estadounidense ha mantenido durante mucho tiempo la codiciada posición de principal moneda de reserva mundial. Esta condición le ha otorgado a Estados Unidos una influencia económica y política de alcance global. Sin embargo, a medida que evoluciona el panorama financiero internacional, crece la especulación sobre las posibles consecuencias si el dólar perdiera ese estatus o, en un escenario más extremo, sufriera una devaluación abrupta.

Hoy, esta cuestión ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción económica, sino al de los escenarios estratégicos que analizan bancos centrales, inversores y cancillerías. La posibilidad de una devaluación repentina del dólar -no gradual ni administrada, sino desordenada- aparece cada vez con mayor frecuencia en columnas, informes y debates sobre la fragilidad del orden monetario internacional.

No se trata simplemente de una moneda debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su caída brusca equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre Estados, Uruguay incluido.

Lecciones históricas: cuando las monedas imperiales caen

La historia ofrece paralelismos inquietantes. La libra esterlina, pilar del sistema financiero del siglo XIX, no colapsó de un día para otro, pero su declive tras las guerras mundiales marcó el fin de la hegemonía británica. El llamado Nixon Shock de 1971, cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro, mostró cómo una decisión monetaria puede reconfigurar el orden global.

Existen, además, numerosos ejemplos de devaluaciones severas y episodios de hiperinflación. Argentina, Venezuela o Zimbabue son casos extremos, pero también economías más desarrolladas, como Rusia o Turquía, han experimentado pérdidas abruptas de valor de sus monedas en plazos muy cortos.

Varios países han reducido parcial o totalmente el uso del dólar en su comercio internacional, aunque ninguno de peso sistémico lo ha eliminado por completo. Este proceso, conocido como desdolarización, responde a sanciones, tensiones geopolíticas, búsqueda de autonomía financiera o acuerdos regionales.

En todos los casos, la pérdida de centralidad monetaria fue tanto causa como consecuencia del declive relativo del poder político.

Dominio del comercio global

El predominio del dólar en el comercio internacional simplifica las transacciones y reduce costos. Además, promueve la liquidez en los mercados globales, facilitando el flujo transfronterizo de bienes y servicios.

Comprender la importancia de su estatus como moneda de reserva implica reconocer que no se trata simplemente de una divisa debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su condición de moneda de reserva implica que numerosos bancos centrales e instituciones internacionales mantienen grandes cantidades de dólares como parte de sus reservas. El 60% de las reservas soberanas están en dólares.

Una caída brusca del dólar equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre estados.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces llamado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

El dólar como arquitectura de poder

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras el colapso del patrón oro en 1971, el dólar dejó de ser únicamente una unidad de cuenta nacional para convertirse en el andamiaje del capitalismo global. Es la principal moneda de reserva, el medio de pago dominante en el comercio de energía y materias primas, y el activo refugio por excelencia en tiempos de crisis.

Ese estatus otorga a Estados Unidos lo que el economista Barry Eichengreen denominó el "privilegio exorbitante": la capacidad de financiar déficits persistentes, emitir deuda en su propia moneda y externalizar parte de los costos de su política económica al resto del mundo. Sin embargo, ese privilegio descansa sobre un pilar frágil: la confianza. Pero Donald Trump es el presidente menos predecible que haya tenido ese pais.

Una devaluación abrupta del dólar no sería solo un ajuste de mercado. Sería la señal de que algo esencial se ha roto.

Impacto interno: inflación, deuda y nivel de vida

Paradójicamente, una devaluación moderada del dólar podría ofrecer beneficios de corto plazo a la economía estadounidense. Las exportaciones se volverían más competitivas, el peso real de la deuda pública se reduciría y ciertos sectores industriales podrían recuperar terreno.

Sin embargo, los costos serían inmediatos y socialmente regresivos:

Inflación importada, especialmente en energía y bienes intermedios.

Pérdida de poder adquisitivo para amplias capas de la población.

Presión para subir tasas de interés con el fin de contener la fuga de capitales.

Mayor polarización social ante el encarecimiento del costo de vida.

Economistas como Kenneth Rogoff han advertido que este tipo de shock implicaría un ajuste violento del nivel de vida estadounidense, políticamente explosivo en un país ya marcado por profundas divisiones internas.

El efecto dominó global

Fuera de Estados Unidos, las consecuencias serían aún más desiguales. Una devaluación abrupta del dólar golpearía de lleno a:

Bancos centrales con grandes reservas en dólares, cuyo valor real se vería erosionado.

Países emergentes endeudados en dólares, enfrentados a crisis de balance y volatilidad financiera.

Economías altamente dolarizadas, donde la inflación se trasladaría de forma casi automática a los precios internos.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en reiteradas ocasiones que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Geopolítica de la devaluación: el fin del arma financiera

Más allá de la economía, el impacto sería profundamente geopolítico. El dominio del dólar ha permitido a Estados Unidos utilizar el sistema financiero como herramienta de poder, desde sanciones hasta bloqueos de acceso a mercados y sistemas de pago.

Una devaluación repentina aceleraría procesos ya en marcha:

Desdolarización del comercio internacional.

Acuerdos bilaterales en monedas locales.

Mayor peso del yuan, el euro y el oro como activos estratégicos.

Desarrollo de sistemas de pago alternativos al control estadounidense.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces denominado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

¿Por qué una devaluación repentina es el verdadero tabú?

Los analistas coinciden en un punto clave: Estados Unidos puede gestionar una erosión lenta del valor del dólar, pero no un colapso rápido sin consecuencias históricas. La diferencia entre ambos escenarios es política antes que económica.

Una devaluación gradual permite adaptaciones: renegociaciones comerciales, ajustes de reservas, cambios en portafolios. En cambio, una caída súbita activaría el pánico: ventas masivas de bonos del Tesoro, huida hacia otros activos refugio, y una crisis de credibilidad difícil de revertir.

Como han advertido columnistas del Financial Times y analistas del Council on Foreign Relations, el verdadero riesgo no es la pérdida de valor en sí, sino la ruptura de expectativas sobre la estabilidad del dólar como ancla del sistema.

El dólar no caerá solo por razones técnicas. Caería si el mundo deja de creer que Estados Unidos puede -o quiere- sostener el papel que su moneda desempeña. Y cuando la fe en una moneda se rompe, las consecuencias rara vez se limitan a los mercados.

En ese sentido, la pregunta no es únicamente qué pasaría si el dólar se devalúa de golpe, sino "qué tipo de mundo emergería después".

Apocalipsis Dólar en Uruguay.

Si el dólar cae de golpe: Uruguay ante el riesgo silencioso de la dolarización financiera

En Uruguay, el dólar no gobierna formalmente la economía, pero la atraviesa en silencio. No es moneda de curso legal, pero estructura el ahorro, condiciona el crédito, fija precios relevantes y define decisiones estratégicas del Estado y del sector privado. Esta dolarización financiera parcial -menos visible que la ecuatoriana, más estable que la argentina- ha sido durante décadas un pilar de previsibilidad. Sin embargo, esa misma fortaleza puede convertirse en fragilidad si el dólar estadounidense sufriera una "devaluación repentina y desordenada".

En un país que se percibe a sí mismo como una isla de estabilidad en una región volátil, el verdadero riesgo no es el caos inmediato, sino la exposición acumulada a un shock externo que no controla.

Una dolarización sin estridencias.

Uruguay construyó su reputación macroeconómica sobre la prudencia fiscal, la credibilidad institucional y un sistema financiero relativamente sólido. A diferencia de otras economías latinoamericanas, evitó hiperinflaciones recientes y defaults desordenados. Pero esa estabilidad convivió con una realidad persistente: el dólar como "reserva de valor dominante".

Depósitos bancarios, créditos hipotecarios, operaciones inmobiliarias, contratos de largo plazo y parte de la deuda pública se expresan en dólares. El peso uruguayo cumple funciones de circulación cotidiana, pero el ahorro estratégico sigue mirando al norte.

Esta estructura funciona mientras el dólar sea predecible. El problema comienza cuando deja de serlo.

Impacto en el ahorro doméstico, el sistema bancario y la confianza

En Uruguay, el ahorro en dólares no es una práctica marginal ni ideológica: es un comportamiento social transversal, profundamente arraigado tras décadas de crisis regionales. Hogares de ingresos medios y altos, empresas y fondos institucionales utilizan el dólar como refugio frente a la incertidumbre, aun cuando el sistema financiero local goza de credibilidad.

Una devaluación abrupta del dólar alteraría este equilibrio de forma silenciosa pero profunda. El impacto no se manifestaría como una corrida bancaria clásica, sino como una erosión del valor percibido del ahorro, con consecuencias psicológicas y económicas relevantes.

Los efectos más probables incluirían:

Pérdida real del ahorro dolarizado, especialmente en activos líquidos, afectando expectativas de consumo e inversión.

Reasignación defensiva de portafolios, con mayor demanda de activos reales, inmuebles o instrumentos indexados.

Cuestionamiento del rol del dólar como refugio,sin que el peso uruguayo logre ocupar plenamente ese lugar.

Para el sistema bancario -sólido, regulado y bien capitalizado- el desafío no sería la solvencia inmediata, sino la gestión de expectativas. Cambios bruscos en la preferencia por moneda pueden tensionar la intermediación financiera, alterar la estructura de depósitos y obligar a ajustes rápidos en productos y plazos.

La verdadera variable crítica sería la confianza. En economías pequeñas, la estabilidad financiera descansa menos en balances contables que en la credibilidad de que las reglas seguirán siendo previsibles. Cuando el activo de referencia pierde estabilidad, incluso los sistemas prudentes entran en terreno desconocido.

Deuda pública: alivio contable, tensión política.

Desde una perspectiva estrictamente contable, una caída del valor del dólar podría reducir el peso real de la deuda denominada en esa moneda. Pero ese alivio sería ambiguo.

Buena parte de la credibilidad uruguaya se basa en el acceso fluido a los mercados internacionales y en la confianza de inversores institucionales. Una devaluación brusca del dólar, acompañada de volatilidad global, podría:

-Encarecer el financiamiento externo.

-Aumentar las primas de riesgo para economías pequeñas. -Exigir señales fiscales más restrictivas en un contexto social sensible.

El margen de maniobra del Estado, lejos de ampliarse, podría estrecharse.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Pero incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en más de una ocasión que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Distorsiones en precios, salarios y contratos: cuando el ancla se mueve.

Aunque Uruguay no esté formalmente dolarizado, una parte significativa de los "precios relevantes" de la economía se fija en dólares o se ajusta implícitamente en función de su trayectoria. Alquileres, mercado inmobiliario, bienes durables, arrendamientos rurales, contratos de servicios de largo plazo y ciertos insumos importados responden más a la lógica del dólar que a la del peso uruguayo.

Una "devaluación abrupta del dólar" introduciría distorsiones inmediatas y conflictivas:

Ruptura de referencias de precios: contratos pactados en dólares perderían su función de ancla, generando renegociaciones forzadas y litigios potenciales.

Desalineación entre precios y costos: sectores que venden en pesos, pero estructuran costos en dólares enfrentarían márgenes erráticos, con traslados parciales e imprevisibles a precios finales.

Indexación defensiva: ante la incertidumbre, actores económicos tenderían a incorporar cláusulas de ajuste más agresivas, elevando la inercia inflacionaria.

En el plano laboral, el impacto sería particularmente sensible. Los salarios en Uruguay se negocian mayoritariamente en pesos, pero el costo de vida incluye componentes dolarizados. Una caída súbita del dólar podría:

Generar confusión en la medición del salario real, al desacoplar precios clave de los índices tradicionales. Intensificar tensiones en la negociación colectiva, con demandas de corrección ex post. Aumentar la brecha entre sectores expuestos al comercio exterior y aquellos orientados al mercado interno.

La consecuencia más profunda no sería inflacionaria en el sentido clásico, sino institucional: la pérdida de un referente estable para contratos y expectativas. En economías pequeñas y abiertas, la estabilidad depende menos de los niveles de precios que de la previsibilidad de las reglas.

La idea de que Uruguay está protegido por no usar el dólar como moneda legal se revelaría, así, como una neutralidad incompleta. Cuando la moneda de referencia se mueve de forma abrupta, incluso quienes no la emiten ni la adoptan formalmente terminan pagando el costo de la desorientación.

 

Uruguay en un mundo que se desdolariza.

Desde Montevideo, la desdolarización global suele observarse como un fenómeno lejano, impulsado por grandes potencias. Sin embargo, una crisis del dólar aceleraría debates hoy latentes:

¿Diversificar reservas hacia otras monedas o activos? ¿Fortalecer instrumentos de ahorro en pesos de largo plazo? ¿Reducir la indexación implícita al dólar en contratos clave?

Para una economía pequeña y abierta, el desafío no es liderar un nuevo orden monetario, sino "no quedar atrapada en la transición".

Lecciones desde la prudencia.

Uruguay ha hecho casi todo bien dentro de los márgenes que permite la periferia financiera. Pero la historia demuestra que incluso los países prudentes pagan los costos de los ajustes del centro. El fin de Bretton Woods, las subas de tasas de la Reserva Federal y las crisis globales recientes lo confirman.

Una devaluación repentina del dólar sería otro recordatorio de una verdad incómoda: la estabilidad nacional tiene límites cuando la moneda de referencia es externa.

Conclusión: el límite estructural de una estabilidad bien administrada

La estabilidad uruguaya no es un mito ni una casualidad: es el resultado de decisiones políticas consistentes, reglas claras y una cultura institucional que ha privilegiado la previsibilidad sobre la improvisación. Precisamente por eso, su principal límite no es interno ni inmediato, sino estructural y externo.

La dolarización financiera parcial ha sido una herramienta pragmática para gestionar riesgos en un entorno regional volátil. Mientras el dólar ofreció una referencia estable, esa estrategia permitió ordenar expectativas sin renunciar a la moneda nacional. El problema surge cuando la referencia deja de ser fiable: no por colapso, sino por cambio de régimen.

En ese escenario, Uruguay no enfrentaría un derrumbe, sino un desafío más sutil: administrar la transición sin perder coherencia institucional. Ajustar contratos, diversificar instrumentos de ahorro, recalibrar la gestión de la deuda y sostener la confianza exigiría decisiones técnicas y políticas finas, no respuestas de emergencia.

El límite de la estabilidad uruguaya, entonces, no reside en su fragilidad, sino en su dependencia de un ancla que no controla. Reconocer ese límite no implica alarmismo, sino realismo estratégico. En un sistema internacional en transformación, la prudencia seguirá siendo una ventaja -siempre que vaya acompañada de la capacidad de adaptarse cuando cambian las condiciones que la hicieron posible.

 

Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias


viernes, 30 de enero de 2026



Cuando los bodegueros se suicidan. Michael Mansilla

11.01.2026

La industria del vino enfrenta una crisis profunda que ya no puede explicarse en una mala temporada. Sino por el bajo consumo enfrentando a una sobreproducción. El vino está teniendo mala prensa en internet, por contenido de sulfitos que lo dejan en la categoría de tóxicos como del cigarrillo. También debe enfrentarse a la falta de nuevos mercados, la omnipresencia de la cerveza y las drogas sintéticas.

La industria del vino enfrenta una crisis profunda que ya no puede explicarse en una mala temporada. Así lo planteó el historiador Pablo Lacoste, uno de los principales especialistas en historia vitivinícola del Cono Sur, al analizar el presente y el futuro del sector. El fin de una era: Mendoza ante el desafío de arrancar 70.000 hectáreas

 "Esto no es una fluctuación anual de precios. Es un cambio de mercado radical", enfatizó Lacoste, y explicó, que el problema excede largamente a la Argentina y se replica en los principales países productores del mundo. La caída del consumo, especialmente entre millennials y generación Z, alteró de forma irreversible la lógica histórica del vino. "El vino ya no es una bebida de consumo cotidiano. Quedó reservado para momentos especiales", señaló.

 Ese cambio cultural generó un sobrestock global sin precedentes. "Hay muchísima más oferta que demanda. El músculo industrial vitivinícola del mundo supera ampliamente lo que el mercado puede absorber", explicó Lacoste, quien participó recientemente de un congreso internacional del vino en la Universidad de Toulouse, Francia.

 Para graficar el fenómeno, el historiador recurrió a una imagen tan simple como brutal: "Buena parte de la industria del vino se ha convertido en fábricas de máquinas de escribir. No hay quién te compre máquinas de escribir ya". La metáfora resume la dimensión del problema: no se trata de producir mejor lo mismo, sino de aceptar que el producto perdió centralidad en el mercado. "En Burdeos se están suicidando los herederos de bodegas históricas. Ven cómo se derrite el prestigio familiar construido durante siglos", afirmó, al describir el impacto social del derrumbe con un hecho puntual.

En ese contexto, la Argentina no es una excepción. La producción anual ronda entre 10 y 12 millones de hectolitros, pero hoy existe una cosecha entera sin vender en stock. "La inmensa mayoría de las bodegas tiene una cosecha completa adentro. Por eso no pueden comprar uva", explicó. Y aclaró: "No es mala voluntad ni deslealtad con el productor. No tienen dónde meter más vino".

 El efecto directo ya se siente en Mendoza. Muchos viñateros no encuentran comprador para su producción y todavía persiste la expectativa de que se trata de un mal año que se revertirá. Lacoste fue categórico: "Esto no es como el tomate que un año vale poco y al otro se recupera. Es estructural".

El escenario que proyecta es drástico. De las 200 mil hectáreas de viñedos que tiene hoy la Argentina, podrían quedar 100 mil. "Esto ya pasó en los años 80. Teníamos 350 mil hectáreas y bajamos a 170 mil cuando se derrumbó el consumo interno", recordó. La diferencia es que aquella vez hubo una reconversión exitosa; ahora, el mercado global está saturado.

Las exportaciones reflejan el retroceso: Chile pasó de exportar 2.000 millones de dólares a 1.400; Argentina, de 1.000 millones a apenas 600. Al mismo tiempo, el consumo interno también cae. "Es la tormenta perfecta: crisis mundial del vino y crisis estructural argentina", resumió.

Para Lacoste, sostener artificialmente el modelo solo prolonga el problema. "Si ponemos a una persona enferma en respiración artificial, podemos prolongar la agonía, pero también la crisis", advirtió. Y anticipó que el proceso de arranque de viñedos será inevitable, comenzando por las zonas más frágiles, aunque ni siquiera regiones de alta gama como el Valle de Uco están exentas por sus altos costos.

Frente a ese panorama, planteó la urgencia de reconvertir la economía mendocina. La minería aparece como una apuesta del Gobierno provincial, pero insuficiente. "No alcanza para una provincia de dos millones de habitantes. Se necesitan muchas pymes y mucha actividad", dijo, y destacó el potencial del turismo eco cultural como alternativa complementaria.

También señaló un problema cultural de fondo: "Durante 80 años, la lógica fue hacer lobby, conseguir subsidios y sostener artificialmente actividades que ya no funcionaban". Para Lacoste, ese modelo se agotó definitivamente. "No funciona ponerse a llorar, cortar rutas o pedir subsidios para salvar fábricas de máquinas de escribir".

Aunque reconoció que existen nichos con mayor proyección -como los vinos naturales, donde hoy hay más demanda que oferta-, advirtió que incluso esas oportunidades requieren un cambio profundo de mentalidad productiva.

La economía de Mendoza atraviesa un momento de "falta de expectativas". Así lo definió el economista Carlos Ponce al analizar el impacto de los dichos del historiador Pablo Lacoste sobre el fin de la era dorada del vino. Para Ponce, la provincia se encamina a un escenario de achicamiento estructural donde sino hacemos nada "el desarrollo económico va a ser lento". 

Ponce validó el diagnóstico de Lacoste sobre la caída irreversible del consumo global de vino: "Vienen generaciones que ya no van a consumir vino. Se está instalando incluso que es una bebida tóxica y se lo emparenta con el tabaco. Aparecen cada vez más a menudo nutricionistas en la tele o en YouTube que afirman: 'si quieren tomar vino, problema de ustedes, pero sepan que el vino hace mal' ".

 Esta crisis cultural golpea directo en la rentabilidad del productor mendocino. "El viñatero que llegue a cubrir los costos anuales se va a considerar más que afortunado. No va a haber mejora en la rentabilidad sino caída, por lo tanto, no va a haber inversión, va a caer el movimiento económico que genera la viticultura, nadie va a comprar nada. ¿Cuántos años va a trabajar a pérdida un viñedo?", se preguntó Ponce, anticipando que es posible, como afirmó Lacoste, que muchos dueños de tierras comiencen a pensar en arrancar las cepas. Lo que ya está ocurriendo en Francia, por ejemplo. 

El economista fue tajante al comparar el potencial local con el de otras provincias: "Nosotros no tenemos Vaca Muerta. No tenemos la minería masiva de San Juan; no tenemos la Pampa Húmeda que si le sacan las retenciones va esto va a explotar".

Sobre las apuestas del Gobernador Alfredo Cornejo por la minería y el turismo, Ponce aclaró que, aunque son acertadas y necesarias, no tienen el volumen para compensar la caída de la vitivinicultura: "La minería va a generar 2.000 a 3.000 empleos en la etapa de construcción, y en operación son 500 o 600. Con sueldos mucho mejores que el promedio. Este proyecto es muy importante pero no va a cambiar la vida completa del Gran Mendoza". Incluso comentó sobre el destino de los 1.000 millones de dólares del resarcimiento: "una idea muy personal, que de todas maneras ya no se va a concretar, que hubiera generado un cambio significativo en serio en la lógica con la que funciona Mendoza, sería haber construido una la doble vía de última generación a Chile, una conexión rápida y segura para comprar y vender con una de las capitales más prósperas de Sudamérica como Santiago de Chile y conectarnos vía los puertos chilenos con Asia.  Pero ya no se va a hacer, se tomaron otras opciones que también son válidas, pero no rentable".

Respecto a las quejas del Gobernador sobre el carácter "conservador" y "cortoplacista" de los empresarios locales, Ponce coincidió en la descripción, pero cuestionó la mirada oficial. "La descripción de Cornejo es muy buena y sintética, pero quizás se olvide la causa: vivimos en un país de cortísimo plazo".

"El sector privado está 'jugadito'. El viñatero que gana un peso, lo guarda. No es que sean malos, el problema es que viven en la Argentina", explicó, extendiendo la crítica al gabinete provincial: "No entiendo al ministro de Economía provincial, porque frente al cambio estructural que viene con el gobierno de Milei y los desafíos productivos propios, tampoco ha propuesto nada nuevo; es un empresario tradicional que no ha sido un gran innovador".

Finalmente, Ponce analizó el escenario nacional de estabilidad como la única vía de oxígeno para el 2025. Destacó la importancia de la licitación para que esté asegurado el pago del bono en dólares que vence en enero del 2026: "Si sale bien, se abre un panorama distinto. Es tomar deuda nueva para pagar deuda, algo que los estados pueden hacer para bajar el Riesgo País".

Sin embargo, para Mendoza, el desafío está planteado desde hace mucho y sigue siendo interno: "El ministro debería estar reuniéndose hace mucho con los empresarios para armar un debate serio sobre el futuro de la provincia, no para subsidiarles pequeños eventos para que no protesten".

En Uruguay industria vitivinícola enfrenta desafíos debido al aumento de los costos de producción, atraso cambiario y bajas ventas. Tanto en el mercado interno, como las exportaciones. Esta situación genero un excedente de uva y un sobrestock de vinos, complicando aún más la situación. Según el INAVI la producción se acercó a casi 67 millones de litros. El precio máximo llego 0,50 U$S dólares el litro apenas para cubrir los costos y una caída en la demanda de mercados como Brasil, Estados Unidos y China.

Cada año se eliminan campos de viñedos y se cierran bodegas de pocas hectáreas y producción. Pero las tierras son de difícil venta. Años de sobrexplotación generan suelos pobres y de pocas hectáreas, no apto para proyectos agrícolas sostenible. La vid sigue el camino de los tambos y las chacras familiares de horti fruticultura.

¿Quién le compite al vino en Argentina y en Uruguay?

Los grandes competidores del vino en Argentina son el fernet un producto de 45% de volumen alcohólico mezclado con gaseosas, la cerveza omnipresente en una increíble variedad de marcas nacionales e importadas en formato de lata. Las cervecerías artesanales que sirven un producto "más premium" con clientes dispuestos a pagar por una bebida sin conservantes. Cervezas exóticas producidas en pequeñas cantidades como las amargas IPA, manteniendo la reglamentación de agua, cebada y lúpulo. Pero el mayor competidor son la cocaína y drogas de diseño como metanfetaminas, acompañadas de mucha agua mineral, a veces acompañados un shot de vodka .Los tiempos cambian.

En el mundo. 

Al descenso del consumo del vino se agrega la menor producción vitivinícola a nivel global es consecuencia directa de condiciones climáticas cada vez más extremas, como olas de calor prolongadas, sequías severas y una mayor incidencia de enfermedades de la vid, fenómenos que han afectado tanto a las principales regiones productoras del hemisferio norte como del sur. Estos factores han reducido rendimientos, alterado los ciclos de maduración y elevado los costos de producción, pero no las ganancias.

A este escenario se suma la reducción sostenida de la superficie mundial de viñedos, producto del abandono de explotaciones, la falta de rentabilidad y la reconversión de tierras hacia otros usos agrícolas. La contracción persistente del área cultivada de uva refuerza así una tendencia estructural de menor oferta global de vino, con impactos económicos y sociales significativos en las regiones vitivinícolas.

Los viticultores se están trasladando al norte, Dinamarca, Escania y Sur de Inglaterra. En una cata a ciegas el mejor "champagne" (espumantes), no fue francés, sino de una pequeña bodega familiar del condado de Suffolk, Inglaterra.

 En Francia

Francia se cansa del vino no es solo un título periodístico en Europa: es una advertencia que resuena con fuerza en Mendoza. Mientras el debate local se enciende por el sobrestock, el país que históricamente marcó el pulso mundial del sector está tomando una decisión extrema: arrancar viñas para achicar el mercado. El fenómeno francés funciona como espejo incómodo en una provincia donde todavía se discute si el problema es coyuntural o estructural.

 Pero en el campo francés hay problemas estructurales muy graves, entre ellos la crisis del sector vitivinícola por la caída del consumo nacional y de las exportaciones. La costumbre se ha perdido de y no se atisba en el horizonte un cambio de tendencia.

La economía del vino, y de las bebidas alcohólicas en general, da empleo a unas 600.000 personas y factura más de 30.000 millones de euros al año. Las exportaciones suponen la mitad de esta cifra. Para todos mandatarios los que han pasado por el Eliseo el tema es una cruel resaca.

Los vinos o sus mostos destilados producen un fino alcohol etílico, una tradición de siglos en Francia Además del Cognac  o el Armagnac con denominación de origen, dio a la producción de otros brandis, alcohol básico para licores y una explosión del vodka francés destilado de uva como la conocida marca Grey Goose desde 1990. El maestro de chai de Grey Goose es François Thibault, quien desarrolló la receta original del vodka en Cognac, Francia. Pero no todo fue tan "glamoroso "para el destilado de uva también termino como un agregado a los combustibles. La industria del vino es la más subsidiada de la economía francesa y requieren medidas extremas arrancarlas.

En Francia. Arrancar las vides. 

En Francia, la crisis ya no se disimula. El consumo interno de vino cae de manera sostenida desde hace años y las exportaciones tampoco compensan la baja. El Gobierno decidió intervenir con una política agresiva: financiar el arranque definitivo de viñedos para reequilibrar la oferta y evitar el colapso del sector. 

Al respecto, en noviembre del 2024, el Gobierno francés anunció un plan de 130 millones de euros para financiar el arranque definitivo de viñas en 30.000 hectáreas, el equivalente a tres veces la superficie del municipio de París, para "reequilibrar la oferta y restaurar la viabilidad en las zonas fragilizadas". Además, se extendió el programa de préstamos garantizados para ayudar a los agricultores a implantar cultivos alternativos. "Se estima que de las 789.000 hectáreas de viñas habrían desaparecido unas 75.000 en solo tres años".

 El plan oficial apunta a eliminar decenas de miles de hectáreas en regiones históricas como Burdeos, Gironda y el sur del país, una medida que hace apenas una década habría parecido impensable.

¿Por qué la gente toma menos vino?

Según el profesor universitario Jean-Marie Cardebat, autor de Économie du vin , la menor demanda de vino, sobre todo del tinto, que se consolida año tras año, tiene que ver también con los cambios sociológicos profundos del último medio siglo. Francia no es la misma que cuando gobernaba el general De Gaulle.

El diagnóstico francés va más allá de lo económico. El economista Jean-Marie Cardebat, profesor de la Universidad de Burdeos, explicó que la crisis del vino no responde solo al precio o al marketing, sino a un cambio profundo en los hábitos sociales: menos comidas familiares, menos rituales alrededor de la mesa, nuevas pautas culturales entre los jóvenes y una relación distinta con el alcohol. 

"La desestructuración familiar y el auge de las familias monoparentales han hecho que sean mucho menos frecuentes las comidas dominicales en torno a una larga mesa en la que se sentaban varias generaciones y en las que no podía faltar la botella de vino. Algo puede haber influido también el extraordinario aumento del porcentaje de población musulmana, aún más entre los jóvenes", ejemplificó uno de los informes sobre la realidad francesa.

Por eso, el vino dejó de ser una bebida de consumo cotidiano para convertirse, en muchos casos, en una bebida ocasional. Esa transformación -lenta pero persistente- es la que empuja decisiones drásticas como el arranque masivo de viñas.

Los viticultores también han sufrido los estragos del cambio climático, con condiciones meteorológicas cada vez más extremas, y la comercialización de sus productos se ha enfrentado a avatares geopolíticos como las guerras arancelarias. Otra realidad persistente es el descenso del consumo entre los jóvenes.

El arranque sistemático de viñas, aunque justificado por la coyuntura económica del sector, es un hecho traumático que va más allá del puro cálculo financiero. Supone poner fin a una cultura ancestral ligada a los territorios y modificar el paisaje para siempre.

Expertos como Cardebat alertan de que, al destruir la oferta, se corre el peligro de destruir de forma duradera la demanda, haciendo muy difícil, si no imposible, responder a un potencial cambio del mercado. El arranque de viñas merma la transmisión de conocimiento entre generaciones de viticultores y hace todavía más difícil el relevo, uno de los mayores retos del campo, en Francia y en toda Europa.

El acuerdo Mercosur o Unión Europea, podría convertirse un mercado gigantesco y muy interesante. Brasil tiene un bajo consumo por el costo de importación de producto chileno y argentino. Brasil y el resto de países latinoamericanos no productores son un mercado de 300 millones de personas.

Un debate incómodo en Mendoza.

 Este debate se está dando en Mendoza, especialmente a partir de la frase del historiador Pablo Lacoste, que en una entrevista en la que describió al vino como algo "obsoleto" y lo comparó con una máquina de escribir. Pero entre productores, bodegueros, distribuidores y otros actores de la cadena todavía hay resistencias a asumirlo como un cambio estructural. 

La tentación suele ser buscar la salida en el "vino nuevo": etiquetas más livianas, menos alcohol, propuestas sin alcohol o con bajo contenido alcohólico, pensadas para captar a consumidores jóvenes o preocupados por la salud. 

 Eso explica por qué en Francia la reconversión no se limita a cambiar estilos de vino, sino que avanza directamente sobre la superficie plantada. El Estado francés asume que no todo el viñedo es sostenible en el nuevo escenario y prefiere achicar ahora antes que prolongar una crisis que erosione ingresos, empleo y relevo generacional. El costo cultural es enorme: arrancar viñas implica perder paisaje, historia y saberes transmitidos durante generaciones. Pero el costo de no hacerlo, advierten los técnicos, podría ser mayor.

En Mendoza, la discusión recién empieza a tomar cuerpo. La provincia vitivinícola por excelencia de Sudamérica enfrenta el mismo dilema que Burdeos: qué hacer cuando el mundo toma menos vino. Negarlo, maquillarlo o postergarlo puede ganar tiempo, pero no cambia la tendencia. Francia, con toda su tradición y peso simbólico, ya tomó una decisión. La pregunta que empieza a sobrevolar el oasis mendocino es si ese futuro con menos vino y menos viñedos también terminará siendo inevitable en esta provincia argentina.

En California.

Por segundo año consecutivo, en el Simposio Unificado de Vino y Uva de California, Jeff Bitter, su presidente, instó a la rápida remoción de vides para adaptarse a la disminución de la demanda y ajustar los costos, porque de la uva al vino el proceso es costoso y los stocks difíciles de mantener. "No todos los vinos son aptos para la guarda, el negocio exige una alta rotación en la cadena de producción. Un cliente puede pagar una botella de vino desde 3 o 6 dólares, pero al lado tiene marcas de vodka de, 3 o 6 dólares, " y si lo que busca una borrachera rápida elige el destilado con 47% de volumen alcohólico frente a 5 a 7 % de un buen caldo.

Añadió: «Tuvimos un auge significativo en la plantación a finales de los 90, y muchos de esos viñedos ya rondan los 25-30 años y están al final de su umbral económico». Este auge se produjo tras la emisión de un segmento en 60 Minutes que promocionaba los beneficios para la salud de beber vino con moderación.

Si bien las recomendaciones del Simposio Unificado fueron específicas: "Todos deben colaborar. Recomendamos a nuestros clientes que extraigan aproximadamente el 10% de lo que están cultivando actualmente, dependiendo de la edad y la salud del viñedo".

«Hemos estado dedicando mucho tiempo a reuniones individuales con nuestras familias de productores para guiarlos en estas decisiones».

  Añadió: «Somos una comunidad que cultiva uvas desde antes que California fuera parte de Estados Unidos como estado 1850.Cuando los colonos llegaron por primera vez a California, el vino y la vid la trajeron los monjes misioneros españoles y mexicanos en el siglo XVIII. La segunda ronda fue con la fiebre del oro. Muchos eran de países de cuenca del Mediterráneo. Invirtieron sus ganancias en esas tierras de mala calidad, pobre producción y climas extremos. Pero perfecta para vid que puede crecer entre las piedras y con poca agua. 

"Tenemos viticultores de quinta y sexta generación cuya identidad está ligada a ello. Ser la generación que deja de ser viticultor es difícil".

¿Quién le saca mercado al vino? 

Cerveza sigue siendo la bebida alcohólica más popular por amplio margen y lidera el mercado en volumen de consumo.

 Baijiu, un licor destilado (China) tradicional (generalmente de sorgo) con alta graduación alcohólica, ha sido durante décadas el destilado dominante en celebraciones, banquetes y reuniones sociales.

 Una amplia categoría de bebidas espirituosas fermentadas o destiladas del sur y sudeste de Asia son una mejor opción que el vino. elaboradas a partir de diversas bases como savia de coco o palma fermentada, caña de azúcar o arroz, siendo los estilos de Sri Lanka (Ceilán) e Indonesia los más destacados. Es una de las bebidas espirituosas más antiguas del mundo, con grandes diferencias según la región, desde el sutil licor de coco de Sri Lanka hasta las versiones indonesias con un toque a ron proveniente del arroz rojo. 

Las bebidas alcohólicas más consumidas son de fabricación local o artesanal: El vino de palma es una bebida alcohólica tradicional fermentada a partir de la savia azucarada extraída de varias palmeras (como cocoteras, datileras o palmiras), popular en regiones tropicales de África, Asia y Sudamérica. Aunque el premio se lo lleva la miel de caña de azúcar, simplemente fermentada (pero con muchas variedades de antiguas recetas familiar) fabricado en las aldeas y presente todo el año.

Inicio | Columnistas Cisma Católico FSSPX. ¿Tendremos otro Avignon y surgirá un Anti-Papa? Michael Mansilla

  Inicio | Columnistas Cisma Católico FSSPX. ¿Tendremos otro Avignon y surgirá un Anti-Papa? Michael Mansilla. a cuatro nuevos obispos desa...