martes, 14 de julio de 2026

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Chipre: la solución de dos Estados en el Mediterráneo oriental reconocidos hacia 2030. Michael Mansilla.


06.07.2026

La cuestión de Chipre vuelve a cobrar fuerza, pero no en el lenguaje habitual de las negociaciones. Regresa en un contexto mucho más trascendental: la reconfiguración de la arquitectura geopolítica internacional. Todos los intentos de reunificación han fracasado.

Esto podría traducirse en la consolidación de dos Estados independientes. Para que ello sea posible, el norte de Chipre deberá prepararse y dejar de depender del régimen turco. La fecha objetivo podría situarse en torno a 2030.

La República Turca del Norte de Chipre (RTNC) representa uno de los ejemplos más prolongados de falta de reconocimiento en la política internacional contemporánea. Desde su declaración unilateral de independencia en 1983, ha permanecido aislada diplomáticamente, reconocida únicamente por Turquía y limitada por el marco del derecho internacional establecido en las Resoluciones 541 y 550 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sin embargo, los acontecimientos registrados, especialmente durante la presidencia de Ersin Tatar -quien impulsó la propuesta de una solución basada en dos Estados independientes en la isla de Chipre- entre 2020 y 2025, así como la evolución de la dinámica regional, han reavivado las especulaciones sobre si la RTNC busca activamente el reconocimiento internacional.

La Organización para la Cooperación Islámica (OCI) reconoce desde 2004 a la República Turca del Norte de Chipre como un Estado constituyente de una Chipre unida, bajo la denominación de «Estado Turcochipriota». Asimismo, la RTNC es miembro de la Organización Internacional de la Cultura Túrquica (TÜRKSOY) desde 1993.

En 2004, la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa otorgó el estatus de observador a los representantes de la comunidad turcochipriota. Posteriormente, en 2012, la Organización de Cooperación Económica (OCE) aceptó a la República Turca del Norte de Chipre como país observador.

Sin embargo, ha sido su participación en la Organización de Estados Turcos (OET) la que ha incrementado significativamente su visibilidad en los foros internacionales. Lo más destacado es que la RTNC ha obtenido voz propia -aunque sin derecho a voto- durante las reuniones de la organización. A ello se suma un creciente acercamiento diplomático con países como Pakistán y Azerbaiyán.

A primera vista, la respuesta parece sencilla. El discurso oficial del Gobierno de la RTNC durante la presidencia de Ersin Tatar (2020-2025) enfatizó de manera constante la necesidad de alcanzar la igualdad soberana, una solución de dos Estados y el reconocimiento internacional.

Actualmente, el presidente turcochipriota es Tufan Erhürman, considerado de una línea más cercana a Turquía. Entretanto, Ersin Tatar mantiene una importante representación en el parlamento a través de su Partido de Unidad Nacional (UBP) y ejerce como líder de la oposición. Sin los votos del UBP, las leyes no se aprueban.

¿Por qué los grecochipriotas no quieren la unificación?

En los referendos celebrados en abril de 2004, los turcochipriotas aprobaron el Plan Annan con un 65,9 % de los votos, mientras que los grecochipriotas lo rechazaron con un 75,8 %. Entre las principales razones se encuentra el temor a convertirse, con el paso del tiempo, en una minoría demográfica, en un contexto marcado por una baja tasa de natalidad y una edad media cercana a los 38 años. También existe una gran migración a la UE.

Paradójicamente, la República de Chipre basa gran parte de su economía en la construcción y el turismo, sectores que dependen en buena medida de la contratación de trabajadores turcochipriotas.

Según el último censo realizado en 2020 en la zona controlada por el Gobierno grecochipriota, el 84,8 % de la población pertenece a la Iglesia Ortodoxa; el 0,9 % corresponde a cristianos armenios y maronitas (católicos de rito oriental). El armenio y el árabe maronita chipriota están reconocidos como lenguas minoritarias. Asimismo, el 1,5 % de la población es católica de rito romano; el 1,0 % pertenece a la Iglesia de Inglaterra u otras confesiones protestantes, y el 0,6 % profesa el islam, mayoritariamente suní.

 Rusos, Maronitas e israelíes.

Existe una pequeña comunidad judía en la isla desde hace milenios, (judíos y los antiguos judíos helénicos) sin embargo en la última década se instalado una comunidad israelí, hartos de los conflictos de la era Netanyahu. Pero no todos se declaran como "judíos" sino como israelíes y el estatus va desde la residencia permanente o visas de trabajo, visa de inversiones o plataforma como para otros países. En esta situación se estima la presencia de más 50.000 israelíes.

Los maronitas llevan desde el siglo XIII en Chipre, huyendo junto con cruzados derrotados en Tierra Santa, vivieron bajo el Imperio Otomano y Británico. Pero desde los años 70, En los años 1980, en el momento álgido de la guerra civil, alrededor de 100.000 familias libanesas huyeron a Chipre, escapado de los conflictos civiles del Líbano y se asentaron en la isla. Sin embargo, muchas volvieron tras el conflicto.

Desde comienzos de la crisis de 2019, varios miles de libaneses han emigrado, muchos de ellos a Chipre. No existe una cifra oficial, dado que numerosos libaneses disponen de un segundo pasaporte.

Los vuelos de Beirut a Lárnaca, de apenas 25 minutos de duración, llevan meses llenos de libaneses para los que la vida en su país, con todo tipo de carestías, se ha vuelto insostenible.

"Tuve que dejar mi país y a mis padres para intentar garantizar un futuro para mis hijos», dice Nanor Abachian, de 30 años, al salir del aeropuerto de Lárnaca, en el sur de la isla mediterránea.

Junto a ella van su marido, sus dos hijos y siete pesadas maletas. Atrás queda un país en bancarrota, sin electricidad durante 22 horas al día y con escasez de múltiples necesidades cotidianas, desde gasolina y gas hasta medicina o pan.

George Obeid, de unos 40 años, también optó por trasladarse a Chipre pensando en la trayectoria académica de sus hijos.

 "No hay esperanza respecto a este curso escolar en el Líbano», asegura, señalando los cortes de electricidad y la escasez de combustible que lastran los servicios y las actividades escolar. «También nos preocupa nuestra seguridad», añade, temeroso de un aumento de la criminalidad ante la pobreza y la desesperación imperantes.

Y no únicamente llegan civiles, Chipre también atrae a compañías e inversiones libanesas. El empresario libanés Georges Chahwan, «Ya desde 1975, Chipre ha sido un refugio para los libaneses», dice Chahwan. «La isla está a tiro de piedra de El Líbano, es estable y segura. La consideramos una segunda casa».

Los que llegan más tiempo se han integrado a la cultura griega y en lo religioso -aunque son una iglesia en comunión con Roma-practican el rito bizantino(ortodoxo)-lo cual hace difícil contabilizarlos porque se identifican simplemente como "chipriotas maronitas o chipriotas cristianos", esto se debe a los matrimonios mixtos de grecochipriotas. Los más recientes emigrados como "libaneses residentes en el Líbano" por no todos son cristianos o no se identifican con ningún culto. En conjunto serian unos 100 mil libaneses viviendo en el sur de la isla y 12 mil los maronitas chipriotas, que no se identifican como libaneses

 De especial relevancia es la creciente comunidad rusa, integrada, por estimaciones recientes, suelen ser entre 20.000 y 50.000 residentes, que se establecieron en Chipre atraídas por el clima, la estabilidad y la calidad de vida, lejos de la influencia política del Kremlin. Hay que tener en cuenta que a los hijos inmigrantes nacidos en la isla ya consideran como nacionales chipriotas. Además de los matrimonios mixtos que solo se declaran "ortodoxos" "chipriotas cristianos". Hay presencia de la Iglesia Ortodoxa Rusa, pero muchos se han incorporado plenamente a la Iglesia Ortodoxa Grecochipriota.

Asimismo, se observa un crecimiento sostenido de la comunidad copta procede de Egipto originarios tanto de Alejandría como de El Cairo, Minya, Asyut y otras gobernaciones. Encuentra en Chipre la posibilidad de integrarse en una sociedad de mayoría cristiana y disfrutar de un entorno   estabilidad, difícil de encontrar en la cultura islámica de Egipto. Serían unos 93.000, incluyendo la franja de "chipriotas cristianos"

En conjunto, Chipre se ha convertido en un refugio para numerosas minorías cristianas procedentes de Oriente Medio. Los que descienden en número son los propios grecochipriotas, que emigran a otros países de la Unión Europea. Esto preocupa mucho a la República de Chipre, donde de un hasta 1/3 de 930 mil habitantes no son estrictamente grecochipriotas, por lo que se ha endurecido el otorgamiento de la ciudadanía.

 Chipre: la solución de dos Estados reconocidos hacia 2030.

La paradoja de la adhesión a la Unión Europea.

Chipre fue el último Estado miembro en incorporarse a la Unión Europea antes de las grandes ampliaciones hacia Europa Oriental. Sin embargo, su adhesión ha sido considerada por numerosos analistas como una excepción a los propios criterios establecidos por el bloque.

Las condiciones de adhesión definidas durante la década de 1990 establecían que todo nuevo Estado candidato debía mantener «buenas relaciones de vecindad» y carecer de conflictos territoriales abiertos. Este principio ha sido utilizado posteriormente para retrasar o dificultar la incorporación de diversos países surgidos de la antigua Yugoslavia.

Pese a ello, la República de Chipre -la parte grecochipriota de la isla-ingresó en la Unión Europea en 2004, aun cuando la isla permanecía dividida y el conflicto territorial con el norte continuaba sin resolverse.

Más de dos décadas después, las perspectivas de reunificación parecen haberse reducido al mínimo. Las sucesivas rondas de negociación auspiciadas por las Naciones Unidas no han producido resultados tangibles y, por primera vez en muchos años, comienza a ganar espacio una alternativa que durante décadas fue considerada inaceptable: la consolidación definitiva de dos Estados independientes.

La búsqueda del reconocimiento de la República Turca del Norte de Chipre: una ambigüedad estratégica.

La percepción de que la República Turca del Norte de Chipre (RTNC) busca activamente el reconocimiento internacional responde, en gran medida, al cambio de estrategia política impulsado durante la presidencia de Ersin Tatar (2020-2025).

Este giro representó una ruptura con el tradicional modelo federal, basado en una federación bicomunal y bizonal promovida durante décadas por las Naciones Unidas. En su lugar, la nueva estrategia plantea la igualdad soberana entre ambas partes de la isla y una solución basada en la coexistencia de dos Estados.

A primera vista, este cambio parece conducir inevitablemente hacia una campaña internacional de reconocimiento diplomático. Sin embargo, la realidad resulta considerablemente más compleja.

La creciente participación de la RTNC en plataformas multilaterales, especialmente en la Organización de Estados Túrquicos, (OET) compuesto por Azerbaiyán, Kazajistán, Kirguistán y Turquía constituye uno de los avances diplomáticos más significativos registrados durante los últimos años.

La admisión de la RTNC como miembro observador en 2022 fue interpretada ampliamente como un importante éxito político. Esta condición le permitió participar oficialmente bajo su propio nombre, organizar actividades, intervenir en reuniones e interactuar con los demás Estados miembros dentro de un entorno institucional que, aunque no implica reconocimiento jurídico, sí constituye una forma de integración política y funcional.

En términos prácticos, la Organización de Estados Túrquicos se ha convertido en un espacio donde la RTNC puede desempeñar funciones propias de un Estado, aun sin haber obtenido reconocimiento internacional formal.

De forma paralela, las relaciones con Azerbaiyán han experimentado un fortalecimiento constante. El presidente Ilham Aliyev se ha consolidado como el principal aliado político de la RTNC dentro del mundo túrquico. Ilham Aliyev fue el primer presidente de una nación extranjera en realizar una visita oficial a Lefkosa, capital de Chipre del Norte. Y Tatar el primer presidente de la RTNC en realizar una visita oficial a Bakú, Azerbaiyán.

En abril de 2024 se creó un Grupo de Amistad Parlamentaria entre la Asamblea Nacional de Azerbaiyán y la Asamblea Republicana de la RTNC, reforzando la cooperación política entre ambas instituciones.

Posteriormente, los días 1 y 2 de mayo de 2025, la RTNC acogió en su capital Lefkosa  la XVII reunión del Consejo de Ancianos de la Organización de Estados Turcos. El hecho de que una organización internacional celebrara oficialmente una de sus reuniones en territorio de la RTNC fue interpretado por numerosos analistas como un paso orientado a normalizar su presencia en los organismos internacionales.

La participación de la RTNC como observadora en las reuniones de ministros de Energía de la Organización de Estados Turcos constituye otro elemento de interés. Su presencia en debates relacionados con infraestructuras energéticas regionales indica que algunos Estados miembros comienzan a incorporar al norte de Chipre dentro de su planificación estratégica, generando mecanismos de integración funcional que habitualmente se asocian con Estados soberanos.

Esta realidad pone de manifiesto una característica singular del reconocimiento internacional contemporáneo: un territorio puede ampliar considerablemente su presencia diplomática, económica e institucional sin que ello implique necesariamente un reconocimiento formal de su soberanía.

El reconocimiento como estrategia: más allá de la diplomacia tradicional.

El reconocimiento internacional también puede entenderse como una forma de construcción política. Mediante su participación en foros internacionales, el desarrollo de una diplomacia simbólica y una presencia cuidadosamente proyectada en organismos regionales, la República Turca del Norte de Chipre (RTNC) procura desempeñar las funciones propias de un Estado.

Aunque carezca de reconocimiento formal, actúa en numerosos ámbitos como si ya fuera un Estado plenamente constituido. Esta estrategia difumina la frontera entre el estatus jurídico y la práctica política. Desde esta perspectiva, el reconocimiento deja de ser únicamente un objetivo final para convertirse en un proceso gradual de construcción institucional y legitimación internacional.

En consecuencia, la nueva diplomacia de la RTNC no se limita a obtener reconocimientos oficiales, sino que busca fortalecer su gobernanza, ampliar sus relaciones internacionales y consolidar una presencia funcional en los espacios multilaterales donde ello resulta posible.

El caso de la República Turca del Norte de Chipre cuestiona, por tanto, algunas de las concepciones tradicionales sobre el reconocimiento en la política internacional. Su creciente participación en plataformas internacionales incrementa su visibilidad diplomática, aunque no altera su situación jurídica. Del mismo modo, el respaldo político de algunos aliados potenciales contribuye a fortalecer su posición exterior, sin traducirse necesariamente en un reconocimiento formal.

Sin embargo, el papel desempeñado por Turquía revela una dinámica paralela que podría entrar en contradicción con este proceso.

Desde una perspectiva estratégica, el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan parece priorizar el mantenimiento de una influencia directa sobre el norte de Chipre antes que impulsar una independencia plenamente efectiva de la RTNC. Si esta tendencia continúa, el territorio podría evolucionar hacia un grado de integración política, económica y administrativa cada vez mayor con Turquía, reduciendo su margen de autonomía.

Esta posibilidad plantea una paradoja: mientras el discurso oficial defiende la igualdad soberana y la existencia de dos Estados independientes, la creciente dependencia institucional respecto de Ankara podría dificultar precisamente la consolidación de una soberanía plenamente reconocible desde el punto de vista internacional. Erdogan se ha propuesto anexarse la RTNC

Aunque el reconocimiento formal continúa siendo un elemento esencial del derecho internacional, la experiencia de la RTNC demuestra que la autoridad política, la legitimidad institucional y las relaciones internacionales pueden desarrollarse parcialmente incluso en ausencia de ese reconocimiento.

Para los investigadores especializados en Estados de facto, este caso pone de manifiesto la necesidad de superar la tradicional división entre Estados reconocidos y no reconocidos. La realidad contemporánea resulta considerablemente más compleja.

La RTNC constituye un ejemplo de cómo la condición de Estado puede construirse, negociarse y proyectarse internacionalmente dentro de las limitaciones impuestas por el sistema internacional. Más que esperar pasivamente un reconocimiento, intenta redefinir las condiciones bajo las cuales un territorio puede existir y funcionar como Estado sin formar parte plenamente de la comunidad internacional.

Chipre: la isla más estratégica de Oriente Medio.

La cuestión de Chipre vuelve a cobrar fuerza, pero no en el lenguaje habitual de las negociaciones. Regresa en un contexto mucho más trascendental: la reconfiguración de la arquitectura geopolítica, energética y de seguridad en el Mediterráneo oriental. Ya no se trata de una disputa local, sino de un frente de batalla en la competencia global. La guerra en Ucrania, la devastación en Gaza y la guerra de Irán han agudizado las preocupaciones sobre la seguridad energética y acelerado la rivalidad entre las grandes potencias. En este entorno, Chipre ya no es un problema que resolver, sino un activo estratégico.

Lo que presenciamos no es una serie de movimientos aislados, sino la ejecución de un diseño estratégico a largo plazo, estratificado y disciplinado, que ha evolucionado desde 1974 y se ha acelerado en los últimos años. Acuerdos de defensa con Francia, profundización de los lazos energéticos, militares y de inteligencia con Israel, una postura de seguridad estadounidense recalibrada que presenta a Chipre como un «portaaviones insumergible».

En la isla también se encuentran las bases soberanas militares británicas de Acrotiri y Dhekelia. La isla de Chipre está situada en el mar Mediterráneo, a 113 km al sur de Turquía, 120 km al oeste de Siria y 150 km al este de la isla griega de Kastelórizo. Aunque la República de Chipre no pertenece a la OTAN, estas bases son utilizadas por la esta organización y mantienen un elevado nivel de interoperabilidad con las operaciones de la Alianza Atlántica y de sus principales socios occidentales.

El objetivo es integrar plenamente la isla en el sistema de seguridad occidental, reducir el espacio estratégico de Turquía y, en un momento de alineación favorable, crear un hecho consumado irreversible.

La narrativa, largamente cultivada, de que «Chipre del Norte está ocupada» sirve de telón de fondo para su legitimación. La disuasión militar de Turquía sigue siendo importante. Pero en un escenario donde EE. UU., la UE e Israel pueden alinearse -abierta o tácitamente-, depender únicamente de instrumentos militares es arriesgado e insuficiente. Es prudente suponer que se están explorando escenarios. En realidad, el panorama ha cambiado radicalmente. La vieja retórica y las tácticas para una "unificación" pueden haber quedado obsoletas.

Inflexión estratégica: Pausar las negociaciones, consolidar el poder.

El marco de negociación actual es estructuralmente desigual. Una parte goza de reconocimiento internacional (República de Chipre), pertenencia a la UE y acceso a herramientas financieras y diplomáticas. La otra opera con recursos limitados. En estas condiciones, las negociaciones no resuelven la asimetría, sino que la afianzan. Por lo tanto, la estrategia racional es clara: pausar las negociaciones hasta que se establezca una estructura de poder más equilibrada.

La cuestión de Chipre vuelve a adquirir relevancia, aunque ya no únicamente en el marco de las negociaciones para resolver un conflicto congelado desde 1974.

Hoy la isla se encuentra en el centro de una transformación mucho más amplia: la reconfiguración de la arquitectura geopolítica, energética y de seguridad del Mediterráneo oriental. Ya no se trata únicamente de un conflicto territorial entre grecochipriotas y turcochipriotas. Chipre se ha convertido en uno de los principales nodos estratégicos de la competencia entre las grandes potencias.

La guerra en Ucrania, la crisis regional derivada del conflicto de Gaza, las tensiones entre Israel e Irán y la creciente competencia por las rutas energéticas del Mediterráneo oriental han modificado profundamente el valor estratégico de la isla.

En este nuevo escenario, Chipre deja de ser un problema diplomático pendiente de resolución para convertirse en un activo geopolítico de primer orden.

Por ello, resulta razonable suponer que tanto Turquía como los demás actores regionales estén evaluando diversos escenarios de evolución del conflicto. Lo cierto es que el contexto estratégico ha cambiado de manera sustancial.

Las fórmulas tradicionales de negociación impulsadas durante décadas por las Naciones Unidas muestran claros signos de agotamiento, mientras que la posibilidad de una solución basada en dos Estados comienza a formar parte del debate político con una intensidad que hace apenas unos años parecía impensable.

El nuevo sistema internacional: la política de los hechos consumados.

El sistema internacional atraviesa una transformación estructural. Si bien el derecho internacional y las normas multilaterales continúan siendo elementos relevantes, cada vez con mayor frecuencia el poder condiciona los resultados, mientras que la legitimidad jurídica tiende a construirse a posteriori.

Desde Ucrania hasta Gaza, pasando por Venezuela y el Líbano, puede observarse un patrón recurrente: primero se consolidan los hechos sobre el terreno; posteriormente se desarrolla el marco jurídico y diplomático que intenta justificarlos o gestionarlos. En consecuencia, los resultados terminan estando condicionados por las asimetrías de poder más que por los principios jurídicos. La RTNC debe hacer lo contrario: pausar las negociaciones para la unificación y consolidar capacidades.

Inflexión estratégica: pausar las negociaciones para consolidar capacidades.

El actual marco de negociación presenta una marcada asimetría estructural. Por un lado, la República de Chipre disfruta de reconocimiento internacional, pertenece a la Unión Europea y dispone de acceso a El marco de negociación actual es estructuralmente desigual. Una parte goza de reconocimiento internacional (República de Chipre), pertenencia a la UE y acceso a herramientas financieras y diplomáticas. Instrumentos jurídicos y diplomáticos de gran alcance.

En estas condiciones, las negociaciones no resuelven la asimetría, sino que la afianzan. Por lo tanto, la estrategia racional es clara: pausar las negociaciones hasta que se establezca una estructura de poder más equilibrada.

Por el otro, la República Turca del Norte de Chipre desarrolla su actividad internacional con recursos mucho más limitados y bajo un prolongado aislamiento diplomático. En estas condiciones, las negociaciones no necesariamente reducen la desigualdad entre ambas partes; pueden, por el contrario, consolidarla. Desde esta óptica, una estrategia alternativa consistiría en suspender temporalmente las negociaciones de unificación, hasta que el norte de Chipre logre fortalecer sus instituciones, su economía y su capacidad de negociación.

El objetivo no sería perpetuar el statu quo, sino modificar el equilibrio existente mediante la construcción progresiva de un Estado más sólido y funcional. En otras palabras, el reconocimiento internacional sería la consecuencia de un proceso de fortalecimiento institucional y no su punto de partida.

Construir un Estado antes de buscar el reconocimiento

El futuro del norte de Chipre dependería, en gran medida, de su capacidad para convertirse en un Estado funcional, competitivo y económicamente sostenible.

El objetivo no es preservar el statu quo, sino crear una nueva realidad. El futuro del norte de Chipre es fundamentalmente una cuestión de reconocimiento, pero antecedido por la construcción de un país viable en un futuro Chipre del Norte.

Ese sistema debe basarse en un estado creíble y predecible, una economía competitiva de alto valor y una plataforma integrada en redes globales.

Chipre 2030: Seis pasos para consolidar su poder.

1. Saneamiento institucional y fomento de la confianza para construir un sistema en el que los inversores confíen: Eliminar las finanzas ilícitas y la economía sumergida; elevar los estándares y la acreditación en la educación superior; racionalizar la gestión de la migración y garantizar la previsibilidad jurídica.

2. Transformación geoeconómica para convertirse en un centro económico regional: Ampliar el uso de energías propias y no depender de Turkiye (Turquía); desarrollar centros de datos e infraestructura digital; impulsar el turismo de alto valor; promover la agricultura especializada y la creación de marcas, y establecer zonas de libre comercio.

3. Sincronización estratégica con el sur grecochipriota y la UE para convertir el norte de Chipre en una palanca estratégica: fortalecer las interconexiones energéticas; integrar puertos y logística; ampliar proyectos industriales y tecnológicos conjuntos.

4. Estrategia de reconocimiento funcional para volverse indispensable antes de ser reconocido: construir redes de inversión y comercio; profundizar las asociaciones académicas y tecnológicas; expandir el turismo de salud y educación, y conectar con los mercados del Golfo, turcos y africanos.

5. Seguridad y diplomacia multidimensionales para ampliar el espacio estratégico sin escalada: fortalecer la resiliencia energética y económica; mejorar las funciones logísticas en situaciones de crisis y desarrollar un diálogo estratégico con el Reino Unido.

6. Negocie desde la fuerza para que las negociaciones estén orientadas a resultados: mantenga el compromiso con una solución; defienda la igualdad soberana y vuelva a la mesa de negociaciones desde una posición de fortaleza.

¿Qué necesitaría el norte de Chipre para aspirar al reconocimiento internacional?

Si la comunidad internacional llegara a contemplar la posibilidad de reconocer un nuevo Estado en el norte de la isla, este debería cumplir los requisitos básicos establecidos por la Convención de Montevideo de 1933: una población permanente, un territorio definido, un gobierno efectivo y la capacidad de establecer relaciones con otros Estados.

Más allá de esos requisitos jurídicos, también sería necesario demostrar la existencia de instituciones independientes, estabilidad política, sostenibilidad económica y capacidad para ejercer un control efectivo sobre su territorio.

En ese contexto, algunos analistas consideran que una reducción significativa o eliminación de la presencia militar turca, una menor dependencia de las transferencias financieras procedentes de Ankara y un mayor grado de autonomía institucional fortalecerían la imagen internacional del norte de Chipre como una entidad política diferenciada.

Asimismo, una economía menos dependiente del apoyo financiero turco, una administración pública plenamente autónoma y un sistema judicial percibido como independiente contribuirían a reforzar esa percepción.

En cuanto a la moneda, distintas alternativas podrían ser objeto de debate. Una de ellas sería mantener el uso de una divisa extranjera -como hace Kosovo con el euro-, mientras que otra consistiría en desarrollar una moneda propia, aunque esta última opción implicaría importantes desafíos económicos y financieros.

En los últimos años también han surgido propuestas para modificar la denominación oficial del Estado como parte de una estrategia de proyección internacional.

Entre los nombres mencionados en distintos ámbitos políticos y académicos figuran República Turca de Chipre, República Democrática de Chipre o mantener el nombre de Chipre, en acepción turca .Chipre (en griego romanizado: Kýpros; en turco, Kibris), oficialmente la República de Chipre (en griego, romanizado: Kypriakí Dimokratía(Democracia Chipriota); en turco: Kibris Cumhuriyeti o República de Kibris .Aunque en la práctica seguirá siendo "Chipre del Norte" o "North Cyprus" algo similar a lo que ocurre con Corea del  Sur y Corea del Norte.

Más allá del nombre definitivo, el desafío central seguiría siendo el mismo: construir un Estado funcional cuya viabilidad económica e institucional resulte suficientemente sólida como para facilitar, en el futuro, un eventual reconocimiento internacional. La verdadera batalla ya no consiste únicamente en obtener reconocimiento diplomático, sino en construir un Estado cuya existencia resulte funcional para el sistema internacional. En el siglo XXI, la viabilidad precede al reconocimiento, y no al revés. Si la República Turca del Norte de Chipre logra consolidar instituciones sólidas, una economía competitiva y una política exterior propia, el debate internacional dejará de centrarse en si debe ser reconocida y comenzará a preguntarse cuándo hacerlo.

 

 Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias


viernes, 26 de junio de 2026

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Nacida un 4 de julio: La Revolución Americana: muy conservadora y mercantilista. Michael Mansilla.



29.06.2026




A pesar de los espléndidos mitos sobre el origen de Estados Unidos, las motivaciones de los complejos y confusos acontecimientos de 1775-1783 parecen ahora tan diversas como sus participantes.

Durante décadas, las respuestas a estas preguntas parecían obvias; pero ya no. Ahora, las respuestas son muy diferentes, en un momento en que Estados Unidos busca reintroducir un orden comercial mundial mercantilista (como el que fue el Imperio Británico antes de 1776) y en el que el presidente estadounidense Donald Trump ha demostrado tener amplios poderes (mucho mayores de los que Jorge III jamás soñó). La prensa comenta hoy sobre «el fin del imperio estadounidense»; manifestantes estadounidenses portan pancartas con el lema «¡No a los reyes!». ¿Cómo pudo suceder todo esto?

La historia a menudo se escribe al revés, a la luz de cómo resultaron finalmente las cosas; y una historia de Estados Unidos que culmine con los presidentes Kennedy u Obama puede ser muy diferente de una que culmine con el presidente Trump. Cabe preguntarse entonces: ¿para qué sirvió la Revolución? A los estadounidenses modernos les gusta describir lo que todavía llaman «la Fundación» en términos de algunas generalizaciones inspiradoras; pero, desde fuera, a pesar del espléndido mito de los orígenes de ese país, renovado en 2026, los propósitos de los complejos y confusos acontecimientos de 1775-1783 parecen ahora tan diversos como sus participantes. ¿Tienen las revoluciones un significado simple? No está claro que lo tengan.

Así como cada imagen cuenta una historia, cada etiqueta contiene una interpretación. O varias. Este es el caso, pues el título de este episodio contiene tres afirmaciones dudosas: «La», «americana» y «Revolución». «La» implica, en primer lugar, que el episodio se unifico desde el principio, transformándose de una palabra en una entidad unitaria. Sin embargo, un distinguido historiador estadounidense ha argumentado que fue la confluencia de cuatro guerras, en las colonias del norte, centro y sur, y en el interior del país. Los habitantes de las trece colonias eran diversos, al igual que los de Inglaterra, Escocia, Irlanda y Gales, de donde a menudo procedían esos colonos.

En segundo lugar, el título anuncia que «eso» fue esencialmente estadounidense; pero, desde la perspectiva británica, la paradoja de la Revolución «americana» radicaba en que tuvo lugar en América. En realidad, fueron las Islas Británicas las que durante siglos habían presenciado repetidos conflictos armados, y donde era más probable un conflicto social de gran envergadura. Los colonos eran, por igual, herederos de una tradición política anglosajona que reivindicaba «los derechos de los ingleses». A ambos lados del Atlántico, la opinión pública en 1776 se distribuía en una curva de campana: algunos individuos favorecían la resistencia armada, otros la represión armada y la mayoría se situaba en el punto medio.

Un vocabulario común a ambos lados del Atlántico priorizaba las libertades y las leyes, los privilegios y la propiedad, pero también expresaba discursos más antiguos de sectarismo religioso politizado, que se desvanecían en Inglaterra, pero seguían vigentes en la atrasada Nueva Inglaterra. De ahí que la guerra se convirtiera en una guerra civil entre dos bandos, cada uno de los cuales afirmaba valores seculares similares. Sin embargo, los valores religiosos eran menos similares, ya que el equilibrio de denominaciones en las colonias del centro y del norte se inclinaba fuertemente hacia los inconformistas. Incluso allí, los disidentes coloniales basaban sus temores infundados a la tiranía de Jorge III en los de sus correligionarios en Gran Bretaña.

En tercer lugar, la denominación habitual sugiere que estos acontecimientos fueron una «revolución» en el sentido ideado por los politólogos del siglo XX para ajustarse a sus nuevos análisis socio estructurales. En aquel momento, el conflicto que estalló con Lexington y Concord en 1775 se denominó inicialmente, casi siempre, como lo vivieron ambas partes, una «guerra»; solo después de unos años de lucha se empezó a llamar ampliamente «revolución», y entonces en el sentido de la palabra utilizada en Gran Bretaña para referirse a los acontecimientos de 1688-89: un cambio dinástico.

En su clásico tratado Sentido Común, el mayor revolucionario inglés, Thomas Paine, señaló lo improbable que resultaba que un continente siguiera consintiendo en ser gobernado por una isla. Esta conclusión general parecía tan obvia que ignoró la pregunta aún más evidente: ¿era lógico que la independencia se buscara mediante la negociación y el compromiso (como sería el caso de Canadá) en lugar de mediante una guerra civil? Sin embargo, Canadá no se menciona en los debates estadounidenses actuales sobre el aniversario de 1776. Son los historiadores británicos quienes han llamado la atención sobre las repetidas invasiones militares de la nueva república estadounidense a su vecino del norte y sus repetidos y sangrientos fracasos. En los mapas estadounidenses, Canadá ahora aparece en blanco. Pero eso no hará que la historia de Canadá desaparezca: es la contrafactual de Estados Unidos.

La victoria militar de las Trece Colonias en 1783 se atribuye tradicionalmente a las virtudes estadounidenses. Sin duda, existían tales virtudes, y la milicia colonial desempeñó un papel importante en la guerra. Pero el papel más relevante lo desempeñaron las fuerzas regulares francesas, tanto el ejército como la marina. ¿Por qué, entonces, ganó Francia la guerra? Las principales respuestas fueron geopolíticas. El estallido de rebeliones armadas en Trece de las Veintiséis colonias americanas británicas no es difícil de explicar: la violencia política era común, y las rebeliones estadounidenses contra el nuevo gobierno de Washington se produjeron incluso después de 1783. El enigma era por qué la resistencia colonial tuvo tanto éxito y por qué sus principales determinantes no fueron estadounidenses.

Más bien, fueron una consecuencia estratégica tardía de la Guerra de Sucesión Española. Independientemente de las célebres victorias de Marlborough en el norte de Europa, el resultado de esa guerra se decidió en España. Allí, la batalla de Almansa (1707) aseguró que el trono español sería ocupado posteriormente por el pretendiente francés de la Casa de Borbón. En guerras posteriores, una alianza franco-española era, por lo tanto, una realidad o una probabilidad; y si la segunda armada de Europa (la francesa) se unía a la tercera (la española), podrían superar a la primera (la británica). En 1781, en el teatro de operaciones americano, la armada británica perdió el control del mar frente a Yorktown; el ejército de Cornwallis se vio obligado a rendirse ante las fuerzas terrestres enemigas, en su mayoría francesas; y el curso de la batalla ya no pudo revertirse.

En consecuencia, los vencedores coloniales pudieron elogiar y explicar el resultado en sus propios términos, en lugar de utilizar los transatlánticos. Paine, un emigrado en los Estados Unidos, de marcada tendencia evangélica, fue estigmatizado como un «infiel» (en realidad era deísta); su contribución a la independencia estadounidense fue menospreciada. La idea universalmente invocada para elogiar los acontecimientos de 1775-1783 fue, y sigue siendo, la de la «libertad». ¿Pero libertad para hacer qué? Sobre todo, dos cosas, que los colonos blancos de las trece colonias habían rechazado cada vez más, considerándolas amenazas a sus intereses.

En primer lugar, la libertad de expandirse hacia el oeste a través del continente, a costa de la expropiación y el genocidio de los nativos americanos. De no haberse producido la independencia, es irreal pensar que la convivencia pacífica habría garantizado una coexistencia armoniosa: los conflictos entre nativos y colonos habrían continuado. Sin embargo, podrían haberse mitigado al menos gracias a la política del gobierno de Londres de frenar la apropiación de tierras y minimizar las masacres armadas.

En segundo lugar, la libertad de seguir practicando la esclavitud. La constitución imperial establecía, en resumen, que la legislatura de cada colonia tenía autoridad para legislar sobre asuntos dentro de sus límites, siempre que sus leyes no contradijeran la legislación imperial (de lo contrario, los proyectos de ley coloniales habrían sido anulados en Londres). En este punto, el sonado caso judicial de Somerset contra Stewart (1772) amenazó el futuro de esta práctica colonial, ya que el propio Lord presidente del Tribunal Supremo dictó sentencia, afirmando que el derecho consuetudinario inglés no reconocía tal condición de esclavo: lejos de prever una mejora gradual, Lord Mansfield había dictaminado que, al menos en Inglaterra, la esclavitud no existía.

Los propietarios de esclavos coloniales solo podían preguntarse cuándo el gobierno de Londres aplicaría este principio a sus colonias. El movimiento antiesclavista se estaba gestando tanto en Gran Bretaña como en las Trece Colonias antes de 1775; se retrasó considerablemente por el estallido de la guerra en 1775, y nuevamente por la guerra que Francia declaró a Gran Bretaña en 1793. De no haber sido por estos desastres de gran magnitud, es razonable preguntarse si la esclavitud en un Imperio Británico aún unificado se habría abolido antes y sin una segunda guerra civil. El precio de la cooperación entre las colonias del norte y del sur fue que la abolición de la esclavitud quedó postergada.

Además, los desacuerdos fundamentales entre el gobierno metropolitano y las élites coloniales sobre las competencias constitucionales del centro y la periferia no se resolvieron en la década de 1760, ni entre 1775 y 1783, ni con la redacción de la constitución federal de los nuevos Estados Unidos. Los Padres Fundadores no abordaron el conflicto iniciado en 1775 con un plan ampliamente compartido y cuidadosamente elaborado para una república, su gobierno (y mucho menos la democracia), sus competencias, sus finanzas o sus valores. Estos asuntos complejos y de gran trascendencia tuvieron que ser tratados en una Convención posterior, celebrada en Filadelfia en 1787.

Sus redactores hicieron lo que pudieron; el documento final tuvo sus méritos y sus deméritos, pero no resolvió algunos de los problemas más importantes. La separación de poderes, un error de moda en la ciencia política del siglo XVIII tuvo la consecuencia no deseada del desarrollo de un ejecutivo mucho más poderoso. La relación entre el gobierno federal y los estados no quedó del todo resuelta. Así, la nueva república fue testigo de una serie de casos en su Corte Suprema que condujeron inexorablemente a una segunda guerra civil entre 1861 y 1865, un conflicto que la supervivencia de la esclavitud y el gran aumento del número de esclavos desde la década de 1770 convirtieron en catastrófico. La destrucción demográfica causada por esa guerra civil está siendo revisada al alza progresivamente por los historiadores estadounidenses.

La guerra destruye riqueza. Los historiadores económicos estadounidenses actuales han analizado el constante aumento del Producto Interno Bruto per cápita de las Trece Colonias en las décadas previas a 1776. Con el conflicto armado en sus territorios y el bloqueo de su comercio marítimo por parte de la Marina Real, la riqueza estadounidense per cápita cayó drásticamente; no se recuperó a sus niveles anteriores a la guerra hasta la década de 1810. El crecimiento económico se reanudó después de 1865. Sin embargo, el interés compuesto significó que la brecha entre el PIB realmente alcanzado después de 1783 y 1865, y la línea de tendencia del PIB en las décadas anteriores a 1776 proyectada hacia adelante, se habría ampliado progresivamente. Sin el conflicto armado entre 1776 y 1783, los habitantes actuales de Estados Unidos y el Reino Unido podrían ser mucho más ricos de lo que son.

Lo mismo les ocurriría a los habitantes de Europa, debido a las repercusiones transatlánticas de la guerra de Vietnam. La ley de las consecuencias imprevistas suele ser más destructiva en el ámbito de las relaciones internacionales. Los historiadores debaten si las tropas francesas que lucharon junto a Washington regresaron a casa tan inspiradas por la causa de la libertad que impulsaron la Revolución de 1789 en su país: esta historia, probablemente idealizada, está muy exagerada. Lo que no se puede negar es que la participación de Francia en la guerra resultó tan ruinosa que prácticamente llevó a la bancarrota a la monarquía francesa. Luis XVI se vio obligado a convocar a los Estados Generales, que se habían reunido por última vez en 1614, para que aprobaran una reforma lo suficientemente amplia como para rescatar las finanzas nacionales; a partir de ahí, la revolución se descontroló y escapó del control de los moderados. Toda Europa se vio inmersa en una era de guerra mundial que se prolongó hasta 1815.

La ruina económica no terminó ahí. Sin la reacción masiva contra los principios revolucionarios franceses, articulados en la nueva ideología del nacionalismo, cabe preguntarse si la historia del siglo siguiente, que culminó desastrosamente en 1914, habría sido diferente. Pero las consecuencias imprevistas también se manifestaron internamente: las trece colonias habían buscado la independencia por separado en 1776, pero su cooperación se reformuló gradualmente para describir un estado unitario en las décadas posteriores a la constitución generalizada de 1783. Se le otorgó un soberano nominal llamado «nosotros, el pueblo», pero en la práctica estaba gobernado por una dictadura electiva; era un estado inmensamente fuerte del que no se permitía la secesión de ninguna de sus partes constituyentes y que no reconocía ningún derecho de resistencia entre sus ciudadanos.

¿Acaso Franklin, Jefferson, Washington o sus talentosos contemporáneos pretendían estos resultados? Por supuesto que no. ¿Contribuyeron sus acciones, a la vez idealistas y egoístas, a que se produjeran estas conclusiones? Sin duda.

 

Michael Mansilla

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