sábado, 31 de enero de 2026

Apocalipsis U$S Dólar, Uruguay incluido. Si el dólar cae de golpe: anatomía de un shock global. Michael Mansilla.

 




29.01.2026

El dólar estadounidense ha mantenido durante mucho tiempo la codiciada posición de principal moneda de reserva mundial. Esta condición le ha otorgado a Estados Unidos una influencia económica y política de alcance global. Sin embargo, a medida que evoluciona el panorama financiero internacional, crece la especulación sobre las posibles consecuencias si el dólar perdiera ese estatus o, en un escenario más extremo, sufriera una devaluación abrupta.

Hoy, esta cuestión ya no pertenece al terreno de la ciencia ficción económica, sino al de los escenarios estratégicos que analizan bancos centrales, inversores y cancillerías. La posibilidad de una devaluación repentina del dólar -no gradual ni administrada, sino desordenada- aparece cada vez con mayor frecuencia en columnas, informes y debates sobre la fragilidad del orden monetario internacional.

No se trata simplemente de una moneda debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su caída brusca equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre Estados, Uruguay incluido.

Lecciones históricas: cuando las monedas imperiales caen

La historia ofrece paralelismos inquietantes. La libra esterlina, pilar del sistema financiero del siglo XIX, no colapsó de un día para otro, pero su declive tras las guerras mundiales marcó el fin de la hegemonía británica. El llamado Nixon Shock de 1971, cuando Estados Unidos abandonó la convertibilidad del dólar en oro, mostró cómo una decisión monetaria puede reconfigurar el orden global.

Existen, además, numerosos ejemplos de devaluaciones severas y episodios de hiperinflación. Argentina, Venezuela o Zimbabue son casos extremos, pero también economías más desarrolladas, como Rusia o Turquía, han experimentado pérdidas abruptas de valor de sus monedas en plazos muy cortos.

Varios países han reducido parcial o totalmente el uso del dólar en su comercio internacional, aunque ninguno de peso sistémico lo ha eliminado por completo. Este proceso, conocido como desdolarización, responde a sanciones, tensiones geopolíticas, búsqueda de autonomía financiera o acuerdos regionales.

En todos los casos, la pérdida de centralidad monetaria fue tanto causa como consecuencia del declive relativo del poder político.

Dominio del comercio global

El predominio del dólar en el comercio internacional simplifica las transacciones y reduce costos. Además, promueve la liquidez en los mercados globales, facilitando el flujo transfronterizo de bienes y servicios.

Comprender la importancia de su estatus como moneda de reserva implica reconocer que no se trata simplemente de una divisa debilitándose. El dólar es el eje estructural del sistema financiero global. Su condición de moneda de reserva implica que numerosos bancos centrales e instituciones internacionales mantienen grandes cantidades de dólares como parte de sus reservas. El 60% de las reservas soberanas están en dólares.

Una caída brusca del dólar equivaldría a un terremoto sistémico cuyas ondas expansivas afectarían al comercio, la deuda, la geopolítica y, sobre todo, a la relación de poder entre estados.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces llamado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

El dólar como arquitectura de poder

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, especialmente, tras el colapso del patrón oro en 1971, el dólar dejó de ser únicamente una unidad de cuenta nacional para convertirse en el andamiaje del capitalismo global. Es la principal moneda de reserva, el medio de pago dominante en el comercio de energía y materias primas, y el activo refugio por excelencia en tiempos de crisis.

Ese estatus otorga a Estados Unidos lo que el economista Barry Eichengreen denominó el "privilegio exorbitante": la capacidad de financiar déficits persistentes, emitir deuda en su propia moneda y externalizar parte de los costos de su política económica al resto del mundo. Sin embargo, ese privilegio descansa sobre un pilar frágil: la confianza. Pero Donald Trump es el presidente menos predecible que haya tenido ese pais.

Una devaluación abrupta del dólar no sería solo un ajuste de mercado. Sería la señal de que algo esencial se ha roto.

Impacto interno: inflación, deuda y nivel de vida

Paradójicamente, una devaluación moderada del dólar podría ofrecer beneficios de corto plazo a la economía estadounidense. Las exportaciones se volverían más competitivas, el peso real de la deuda pública se reduciría y ciertos sectores industriales podrían recuperar terreno.

Sin embargo, los costos serían inmediatos y socialmente regresivos:

Inflación importada, especialmente en energía y bienes intermedios.

Pérdida de poder adquisitivo para amplias capas de la población.

Presión para subir tasas de interés con el fin de contener la fuga de capitales.

Mayor polarización social ante el encarecimiento del costo de vida.

Economistas como Kenneth Rogoff han advertido que este tipo de shock implicaría un ajuste violento del nivel de vida estadounidense, políticamente explosivo en un país ya marcado por profundas divisiones internas.

El efecto dominó global

Fuera de Estados Unidos, las consecuencias serían aún más desiguales. Una devaluación abrupta del dólar golpearía de lleno a:

Bancos centrales con grandes reservas en dólares, cuyo valor real se vería erosionado.

Países emergentes endeudados en dólares, enfrentados a crisis de balance y volatilidad financiera.

Economías altamente dolarizadas, donde la inflación se trasladaría de forma casi automática a los precios internos.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en reiteradas ocasiones que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Geopolítica de la devaluación: el fin del arma financiera

Más allá de la economía, el impacto sería profundamente geopolítico. El dominio del dólar ha permitido a Estados Unidos utilizar el sistema financiero como herramienta de poder, desde sanciones hasta bloqueos de acceso a mercados y sistemas de pago.

Una devaluación repentina aceleraría procesos ya en marcha:

Desdolarización del comercio internacional.

Acuerdos bilaterales en monedas locales.

Mayor peso del yuan, el euro y el oro como activos estratégicos.

Desarrollo de sistemas de pago alternativos al control estadounidense.

Analistas como Zoltan Pozsar han descrito este escenario como el tránsito hacia un nuevo orden monetario -a veces denominado "Bretton Woods III"- caracterizado por bloques, fragmentación y menor hegemonía occidental.

¿Por qué una devaluación repentina es el verdadero tabú?

Los analistas coinciden en un punto clave: Estados Unidos puede gestionar una erosión lenta del valor del dólar, pero no un colapso rápido sin consecuencias históricas. La diferencia entre ambos escenarios es política antes que económica.

Una devaluación gradual permite adaptaciones: renegociaciones comerciales, ajustes de reservas, cambios en portafolios. En cambio, una caída súbita activaría el pánico: ventas masivas de bonos del Tesoro, huida hacia otros activos refugio, y una crisis de credibilidad difícil de revertir.

Como han advertido columnistas del Financial Times y analistas del Council on Foreign Relations, el verdadero riesgo no es la pérdida de valor en sí, sino la ruptura de expectativas sobre la estabilidad del dólar como ancla del sistema.

El dólar no caerá solo por razones técnicas. Caería si el mundo deja de creer que Estados Unidos puede -o quiere- sostener el papel que su moneda desempeña. Y cuando la fe en una moneda se rompe, las consecuencias rara vez se limitan a los mercados.

En ese sentido, la pregunta no es únicamente qué pasaría si el dólar se devalúa de golpe, sino "qué tipo de mundo emergería después".

Apocalipsis Dólar en Uruguay.

Si el dólar cae de golpe: Uruguay ante el riesgo silencioso de la dolarización financiera

En Uruguay, el dólar no gobierna formalmente la economía, pero la atraviesa en silencio. No es moneda de curso legal, pero estructura el ahorro, condiciona el crédito, fija precios relevantes y define decisiones estratégicas del Estado y del sector privado. Esta dolarización financiera parcial -menos visible que la ecuatoriana, más estable que la argentina- ha sido durante décadas un pilar de previsibilidad. Sin embargo, esa misma fortaleza puede convertirse en fragilidad si el dólar estadounidense sufriera una "devaluación repentina y desordenada".

En un país que se percibe a sí mismo como una isla de estabilidad en una región volátil, el verdadero riesgo no es el caos inmediato, sino la exposición acumulada a un shock externo que no controla.

Una dolarización sin estridencias.

Uruguay construyó su reputación macroeconómica sobre la prudencia fiscal, la credibilidad institucional y un sistema financiero relativamente sólido. A diferencia de otras economías latinoamericanas, evitó hiperinflaciones recientes y defaults desordenados. Pero esa estabilidad convivió con una realidad persistente: el dólar como "reserva de valor dominante".

Depósitos bancarios, créditos hipotecarios, operaciones inmobiliarias, contratos de largo plazo y parte de la deuda pública se expresan en dólares. El peso uruguayo cumple funciones de circulación cotidiana, pero el ahorro estratégico sigue mirando al norte.

Esta estructura funciona mientras el dólar sea predecible. El problema comienza cuando deja de serlo.

Impacto en el ahorro doméstico, el sistema bancario y la confianza

En Uruguay, el ahorro en dólares no es una práctica marginal ni ideológica: es un comportamiento social transversal, profundamente arraigado tras décadas de crisis regionales. Hogares de ingresos medios y altos, empresas y fondos institucionales utilizan el dólar como refugio frente a la incertidumbre, aun cuando el sistema financiero local goza de credibilidad.

Una devaluación abrupta del dólar alteraría este equilibrio de forma silenciosa pero profunda. El impacto no se manifestaría como una corrida bancaria clásica, sino como una erosión del valor percibido del ahorro, con consecuencias psicológicas y económicas relevantes.

Los efectos más probables incluirían:

Pérdida real del ahorro dolarizado, especialmente en activos líquidos, afectando expectativas de consumo e inversión.

Reasignación defensiva de portafolios, con mayor demanda de activos reales, inmuebles o instrumentos indexados.

Cuestionamiento del rol del dólar como refugio,sin que el peso uruguayo logre ocupar plenamente ese lugar.

Para el sistema bancario -sólido, regulado y bien capitalizado- el desafío no sería la solvencia inmediata, sino la gestión de expectativas. Cambios bruscos en la preferencia por moneda pueden tensionar la intermediación financiera, alterar la estructura de depósitos y obligar a ajustes rápidos en productos y plazos.

La verdadera variable crítica sería la confianza. En economías pequeñas, la estabilidad financiera descansa menos en balances contables que en la credibilidad de que las reglas seguirán siendo previsibles. Cuando el activo de referencia pierde estabilidad, incluso los sistemas prudentes entran en terreno desconocido.

Deuda pública: alivio contable, tensión política.

Desde una perspectiva estrictamente contable, una caída del valor del dólar podría reducir el peso real de la deuda denominada en esa moneda. Pero ese alivio sería ambiguo.

Buena parte de la credibilidad uruguaya se basa en el acceso fluido a los mercados internacionales y en la confianza de inversores institucionales. Una devaluación brusca del dólar, acompañada de volatilidad global, podría:

-Encarecer el financiamiento externo.

-Aumentar las primas de riesgo para economías pequeñas. -Exigir señales fiscales más restrictivas en un contexto social sensible.

El margen de maniobra del Estado, lejos de ampliarse, podría estrecharse.

Al mismo tiempo, algunos actores podrían salir relativamente beneficiados: países con reservas diversificadas, grandes tenencias de oro o capacidad para comerciar en monedas alternativas. Pero incluso para ellos, el entorno sería de incertidumbre extrema.

El Banco de Pagos Internacionales ha señalado en más de una ocasión que el sistema financiero global no está diseñado para absorber un cambio abrupto en su moneda central sin episodios de inestabilidad severa.

Distorsiones en precios, salarios y contratos: cuando el ancla se mueve.

Aunque Uruguay no esté formalmente dolarizado, una parte significativa de los "precios relevantes" de la economía se fija en dólares o se ajusta implícitamente en función de su trayectoria. Alquileres, mercado inmobiliario, bienes durables, arrendamientos rurales, contratos de servicios de largo plazo y ciertos insumos importados responden más a la lógica del dólar que a la del peso uruguayo.

Una "devaluación abrupta del dólar" introduciría distorsiones inmediatas y conflictivas:

Ruptura de referencias de precios: contratos pactados en dólares perderían su función de ancla, generando renegociaciones forzadas y litigios potenciales.

Desalineación entre precios y costos: sectores que venden en pesos, pero estructuran costos en dólares enfrentarían márgenes erráticos, con traslados parciales e imprevisibles a precios finales.

Indexación defensiva: ante la incertidumbre, actores económicos tenderían a incorporar cláusulas de ajuste más agresivas, elevando la inercia inflacionaria.

En el plano laboral, el impacto sería particularmente sensible. Los salarios en Uruguay se negocian mayoritariamente en pesos, pero el costo de vida incluye componentes dolarizados. Una caída súbita del dólar podría:

Generar confusión en la medición del salario real, al desacoplar precios clave de los índices tradicionales. Intensificar tensiones en la negociación colectiva, con demandas de corrección ex post. Aumentar la brecha entre sectores expuestos al comercio exterior y aquellos orientados al mercado interno.

La consecuencia más profunda no sería inflacionaria en el sentido clásico, sino institucional: la pérdida de un referente estable para contratos y expectativas. En economías pequeñas y abiertas, la estabilidad depende menos de los niveles de precios que de la previsibilidad de las reglas.

La idea de que Uruguay está protegido por no usar el dólar como moneda legal se revelaría, así, como una neutralidad incompleta. Cuando la moneda de referencia se mueve de forma abrupta, incluso quienes no la emiten ni la adoptan formalmente terminan pagando el costo de la desorientación.

 

Uruguay en un mundo que se desdolariza.

Desde Montevideo, la desdolarización global suele observarse como un fenómeno lejano, impulsado por grandes potencias. Sin embargo, una crisis del dólar aceleraría debates hoy latentes:

¿Diversificar reservas hacia otras monedas o activos? ¿Fortalecer instrumentos de ahorro en pesos de largo plazo? ¿Reducir la indexación implícita al dólar en contratos clave?

Para una economía pequeña y abierta, el desafío no es liderar un nuevo orden monetario, sino "no quedar atrapada en la transición".

Lecciones desde la prudencia.

Uruguay ha hecho casi todo bien dentro de los márgenes que permite la periferia financiera. Pero la historia demuestra que incluso los países prudentes pagan los costos de los ajustes del centro. El fin de Bretton Woods, las subas de tasas de la Reserva Federal y las crisis globales recientes lo confirman.

Una devaluación repentina del dólar sería otro recordatorio de una verdad incómoda: la estabilidad nacional tiene límites cuando la moneda de referencia es externa.

Conclusión: el límite estructural de una estabilidad bien administrada

La estabilidad uruguaya no es un mito ni una casualidad: es el resultado de decisiones políticas consistentes, reglas claras y una cultura institucional que ha privilegiado la previsibilidad sobre la improvisación. Precisamente por eso, su principal límite no es interno ni inmediato, sino estructural y externo.

La dolarización financiera parcial ha sido una herramienta pragmática para gestionar riesgos en un entorno regional volátil. Mientras el dólar ofreció una referencia estable, esa estrategia permitió ordenar expectativas sin renunciar a la moneda nacional. El problema surge cuando la referencia deja de ser fiable: no por colapso, sino por cambio de régimen.

En ese escenario, Uruguay no enfrentaría un derrumbe, sino un desafío más sutil: administrar la transición sin perder coherencia institucional. Ajustar contratos, diversificar instrumentos de ahorro, recalibrar la gestión de la deuda y sostener la confianza exigiría decisiones técnicas y políticas finas, no respuestas de emergencia.

El límite de la estabilidad uruguaya, entonces, no reside en su fragilidad, sino en su dependencia de un ancla que no controla. Reconocer ese límite no implica alarmismo, sino realismo estratégico. En un sistema internacional en transformación, la prudencia seguirá siendo una ventaja -siempre que vaya acompañada de la capacidad de adaptarse cuando cambian las condiciones que la hicieron posible.

 

Michael Mansilla

michaelmansillauypress@gmail.com

https://michaelmansillauypress.blogspot.com

 

 

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias


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